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Diez años después, Cuba en su batalla rosa


Negra cubana tenía que ser

El 17 de mayo de 2008 parte de la calle más céntrica de La Habana se llenó de personas que celebraban algo inédito en ese entorno. Por vez primera salían a ese espacio tan público gays, lesbianas, transexuales, para proclamar en Cuba los festejos por el Día Mundial de Lucha contra la Homofobia. Vale la pena repasar lo que algunos medios de prensa difundieron acerca de ese improntu, para calibrar lo que, a diez años de tal acontecimiento, se ha conseguido o no. Y sobre todo, repensar lo que las fuerzas que salieron del closet en aquella fecha han promovido como avances auténticos y aquello en lo que han retrocedido o se han estancado. O sea, no activar una memoria que se quede en el bullicio tropical, en el colorido de segunda mano, en la ruidosa manera en la cual convertimos en comparsa un gesto que contiene interrogantes mayores y que, en no pocas ocasiones, parecieran adormecerse una vez que termina el día de fiesta, a la espera de otra vuelta del calendario. Promovida por el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), entidad del Ministerio de Salud Pública, esa jornada cubre ya un programa de encuentros con especialistas, una gala de transformismo en un teatro importante, y la réplica de algunas de esas proyecciones en una ciudad de provincias. En los tiempos de la colonia, se celebraba el Día de Reyes. De algún modo, esta fecha ha devenido una suerte de Día de Reinas, un cubano Queen´sDay, en el que los miembros de esa hipotética comunidad LGTBIQ de la Isla aprovechan las horas de ese día para mostrar sin recato aquello que son. Pero es una batalla que dura más que eso, que se muestra en cierta forma como una lidia fragmentada, demasiado intermitente, y en la que algunas de las demandas esenciales que se movilizan en ese día continúan a la espera en ciertas agendas que se resisten a responderlas.

Estos diez años de batalla han sido el escenario de varios golpes de efecto. Desde la posibilidad misma de tomar por asalto el Pabellón Cuba, con el pretexto de una fecha que tiene ese valor en el calendario internacional, y su choque inmediato con el registro de celebraciones oficiales que el gobierno aprobó hace mucho tiempo, según el cual el 17 de mayo es el Día del Campesino, una coincidencia que hizo poca gracia a personas y funcionarios, y que opera como pretexto sutil para que este suceso, en nuestro país, se haya ido desplazando a días posteriores o previos al 17. De hecho, creo que solo en una ocasión, la primera, el acto central ocurrió en esa fecha. Ello es un síntoma de la verdadera batalla que sucede más allá de la conga (versión criolla del Gay PrideParade que cubre aquí unas pocas cuadras), y que tiene que ver con algo mucho más profundo: abrir en la historia del país, y de su Revolución, un espacio para el homosexual, la lesbiana, el transx, el paciente de sida, etc., que no “moleste” ni obligue a ese aparato que ha generado su propia visión de la Historia a rehacer su propia noción de tiempo ni de representaciones. Los miembros de esa comunidad fueron durante años anulados, invisibilizados, estigmatizados como lacra y aun peligros políticos, según declaran los editoriales de la prensa en 1965. Pretender ocultar con la lentejuela y la bandera del arcoíris los ecos de esos traumas y algunos peores, todavía verdaderos tabúes, como la UMAP o la parametración, no ayuda en ese supuesto progreso, porque la falta de memoria, la conciencia activa de una memoria que genere una tradición precisa de lucha, de nombres, de otras guerras anteriores, es cosa sin la cual no existe comunidad alguna. Liderados por esa primera fila en la que salen a la conga los líderes del Cenesex y las personas transx en las que esa institución ha encontrado a sus representantes privilegiadas, los demás integrantes de ese ejército saben poco de tal cosa, y desconocen tal vez lo que ocurre a sus hermanos de lucha en sitios como Chechenia, aunque griten aquí consignas políticas que reclamen el fin del bloqueo, como si formaran parte de una manifestación, cualquier otra, una más, de las que suelen verse en Cuba, sin hacer hincapié desde ahí en las demandas que podrían caracterizarlos. Para ganar ese espacio en el calendario, se ha producido esa rara mezcla en la que plumas y trajes de satín cubren cuerpos que claman por lo mismo que guerrilleros y soldados enfundados en severos uniformes. Controlar el desborde, hacer creer que el desborde no se sobrepasa a sí mismo en esa delgada línea donde la libertad deviene libertinaje, ha sido ungesto común en estas celebraciones, a lo largo de diez años en los que la Constitución sigue dejando de lado el reconocer sus derechos, o se les anula como pareja, a quienes viven en ese estado, en las encuestas del más reciente Censo de Población.

Como eje de todo, es al Cenesex a quien podría exigírsele por todo esto. No reconocer que ha abierto en el espacio de representación social de Cuba un sitio para las personas de esa comunidad LGTBIQ que sigo pensando que aún no es tal, sería un error. No reconocer que sus representantes han alzado la voz aquí y en la escena internacional para nombrar algunos problemas, y resolver otros, como el de los que aspiran a una cirugía de reasignación de sexo, también sería fallido. Pero justo por eso, siguen vigentes otras demandas y preguntas. Cuba es un país que ha optado por crear instituciones que atiendan ciertas problemáticas, y a ratos hemos creado problemáticas para, asimismo, crear alguna institución. Si el propio Cenesex indica que los homosexuales ya no son enfermos, según el registro de patologías de la Organización Mundial de la Salud, resulta una inconsistencia que sea una entidad de este tipo la que los represente, amén del hecho de que su directora no conforme, en tanto biografía, parte de la comunidad por la cual habla en tantos cardinales. El matiz político de su linaje, ligado en varios momentos a la mirada homofóbica que descalificó a gays y lesbianas como ciudadanos en nuestra nación, no puede ser desestimado, y hace que muchos crean que detrás de todo esto hay en verdad una maniobra de postulación, de lavado discreto de ciertas culpas, que se reargumenta en el vaciado de memoria y de conflicto que esa institución sigue proclamando. Aunque para los extranjeros que llegan a Cuba, de la mano del Cenesex y sus amigos, a ver cuán armónica es esa vida rosa que proclaman sus embajadores, nada de eso sea preocupante ni demasiado visible. No son muy distintos, en muchos casos, de los turistas que llegan al archipiélago a creerse el cuento de la burbuja promisoria que encuentran en playas y cubanos de sonrisa complaciente.

A diez años de ese primer gesto, el Cenesex ha acuñado, en la sede de la Uneac, una estampilla que celebra esa década de supuesta lucha. Cuando supe de la noticia, creí ingenuamente que el sello representaría a algunas de las personas que se suman a la conga Rampa arriba. O que la directora del Centro ocuparía el centro de esa imagen, como lo hace en el hagiográfico documental que le dedicara HBO. Error mío: se trata de un sello que data de 2008, y quien aparece en la estampa no es ella, sino su madre, quien fuera presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas. Entre una de las maniobras más persistentes del Cenesex se encuentra la idea más o menos delirante de convertirla en una activista de la lucha por los derechos de gays, lesbianas, transx, etcétera. Hasta donde recuerdo, son escasas sus declaraciones al respecto. En su libro de 1994 Sexual Politics in Cuba, Marvin Leiner recuerda que alguna vez ella interpeló a un joven sicólogo que se expresó con frases homofóbicas en un Congreso de la UJC. Pero esa misma anécdota viene rememorada como una nota al pie, y tal vez las referencias que puedan encontrarse aquí y allá para argumentar esa ficción no pasen de lo mismo. Lo cierto es que no deja de ser elocuente que el Cenesex proponga dos cosas más o menos graves: celebrar el presente desde un hecho pasado que no tiene ligazón directa con lo que pretende ahora festejar, y desplazar en ese acontecimiento de la imagen central a quienes dice que representa. La directora del Cenesex ha dicho que probablemente en poco tiempo el apellido de su familia no ocupe más el centro de poder que hasta ahora ha poseído. Tal vez sea cierto, pero es evidente que sí se está operando, de esta manera y de otras, para que esa genealogía no desaparezca de la Historia, incluso manipulando símbolos y nombres para cubrir causas y demandas que poco tienen que ver con lo que en vida hicieron algunos de sus más visibles representantes. Ya en las galas del Karl Marx, antes de ver el desfile de transformistas, el Cenesex proyectaba en sus minutos iniciales un video con imágenes de la presidenta de la FMC que celebraban su vida en tonos épicos, mientras el público se desesperaba por ver a las divas de la noche. Esos espectadores pueden saber poco de Emilio Ballagas o Virgilio Piñera, de los que fueron obligados a irse por el Mariel al ser denunciados como maricones, o sobre el travesti que murió apedreado en Pinar del Río. No verán esos rostros en esa estampilla, a la que se le impone un gomígrafo en su hoja de primer día que hace referencia a la Jornada Cubana de Lucha contra la Homofobia y la Transfobia. Los aplausos de la gala, los gritos de “perra” y “dura” serán más fuertes que los de los activistas, del Cenesex o no, que reclamen el matrimonio igualitario, el reconocimiento de otras legalidades, por no hablar de la posibilidad de adopción entre parejas del mismo sexo.

Me consta que se trata de una batalla difícil, que no puede contarse únicamente en una gama de rosa y colores pastel. Me consta que la propia directora del Cenesex ha tenido reveses en sus diálogos con algunos de los máximos funcionarios del aparato político. Pero todo ello tiene que ser parte de una lucha en la que aspiro a que un día sea un homosexual o una lesbiana quien se levante ante el micrófono para hablar por su propia voluntad y su hoja de vida por aquello que reclama. Y me gustaría que a la vuelta de estos años nos ahorrásemos ciertas inconsecuencias, como la de oír a la figura central del Cenesex descalificar las marchas del orgullo gay y considerarlas inadecuadas, por frívolas y carnavalescas, en nuestro contexto, cuando ella misma ha aceptado aparecer en algunas, como parte de sus coloridos desfiles. O cuando un especialista de cine gasta tinta en un periódico de circulación nacional describiendo a sus lectores la trama de una serie como Queer as folk, no solo apelando a la peor traducción hispana de su título, sino a la narración de su argumento, único modo en el que muchos espectadores cubanos sabrán de esa serie que nuestra pacata televisión nacional no se atrevería a exhibir, aunque date de la década del 90. Todo ello ayuda a la proliferación de los estereotipos y de los prejuicios. Una entrevista publicada en Granma en estos días mostraba en la página web de dicho diario los comentarios retrógrados que numerosos lectores no dudaban en regalar a las palabras de la directora del Cenesex. Esa es la señal de alerta, la que nos dice que la batalla es aún cosa que sucede, y que no debe adormecerse en los spots didácticos, en la comparsa que dura unas horas, ni en puntos privilegiados de nuestro país, o en un evento en las arenas caras de Varadero. No solo estamos discutiendo cómo cambia el país, sino que deberíamos discutir para quién cambia el país y a quiénes deberían favorecer en realidad esos cambios. Y eso incluye al sexo de la Nación misma, a las variables de lo que ofrece como operación de cambio, a la manera real, y no solo en las fórmulas de campaña, en que abrimos espacios para una diversidad que ya suena a reclamo formal o vacío, apoyado por figuras públicas que a pesar de ciertos secretos a voces, se niegan a asumir su bisexualidad u homosexualidad ante las cámaras. Hay mucho de performance aún en todo esto, de fiesta que, en su vibración, oculta y enmascara algo que debería quedar más al descubierto. Y es en ese empeño que, por ejemplo, parecen encaminadas las entrevistas que Yaima Pardo ha subido recientemente a YouTube, bajo el título de Causas y Azares, dialogando con activistas del in and out, del Cenesex y otros que, en un afán civil mayor, no tienen que constreñirse al amparo y la sobreprotección oficial para aclarar sus exigencias y desasosiegos, no solo en La Habana. Me he ahorrado hasta aquí anécdotas personales: cuento ahora una que me sirvió para distanciarme de gran parte de esto, y a la que debo una visión más exigente de lo que hay y de lo mucho que nos falta. En una reunión preparatoria de una de estas jornadas, una persona transx se negó a compartir el mismo espacio con pacientes de sida. Y lo declaró de un modo brutal. Ello me dejó sentir cuán hondo es aún el desprecio que la propia comunidad LGTBIQ puede manifestar hacia algunos de sus propios integrantes. Y si ello ocurre en el seno de ese núcleo, qué dejar para quienes nos miran como fenómenos.

A mi manera he sido parte de esta lucha, mucho antes de que el Pabellón Cuba se abriera a la multitud que lo abarrotó aquel 17 de mayo de una década atrás. Tengo mis imágenes de esos acontecimientos. Hombres jóvenes y maduros, muchachas y mujeres cogidas de las manos. Familias y personas que, a su manera, con sus recursos humildes, quieren anunciar desde sus ropajes que respiran una diferencia a golpe de color y desafío. Yo creo en el desafío. Y son muchos los que aún están por pronunciarse. No solo a favor de una Cuba rosa, en la que también puedo desconfiar. Todo esto también tiene el nombre de Cuba. Su nombre, su rostro y su sexo. Tanto como su historia. Y ello viene desde mucho tiempo atrás, no solo de una década y todo lo que sus riesgos y tropiezos nos recuerdan. Es también lo que está por llegar. En esa página en blanco, los que vendrán a escribir sus nombres heredarán muchas de estas preguntas.





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