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Civilización versus lucha de clases




“El problema está en saber… si se está verificando una transformación de las bases materiales de la civilización europea, lo que a largo plazo…conducirá a una desarticulación de la forma de civilización existente y al nacimiento forzoso de una nueva civilización ” (Antonio Gramsci).

La historia en general, la que concierne a la humanidad como objeto indivisible y universal es un producto intelectual de la época contemporánea; fundamentalmente, de una civilización, la occidental, que, consciente de una superioridad material, derivada de un “sorpasso” tecnológico científico datado en los siglos del renacimiento, adquiere vocación de dominación mundial. A ese propósito ayudó, inconmensurablemente, la construcción del universalismo cristiano, oriundo de la época y emparentado, a la perfección, con el poder político y económico.

En fin, historia y vocación de dominación mundial devienen en conceptos íntimamente conexionado. No existe el uno sin el otro. Si la historia de la humanidad, asimismo, no es sino lucha de clases, lo cierto es que, además, en cuanto historia consciente, es, fundamentalmente, vocación de dominación de una civilización, la occidental, que la narra y esculpe, a lo largo de los siglos, con la servidumbre del resto del planeta. Sus luchas intestinas -de clase- , a la postre, han actuado como acicates para acelerar la necesidad de dominación.

Los episodios de la Primera y Segunda Guerras Mundiales- paradigmas de conflicto derivado por el reparto del planeta-, bajo la apariencia del enfrentamiento interno entre distintas potencias occidentales, constituyeron, en realidad, la definición y perfección de la dominación: la constatación de que sólo, dominando territorios y pueblos extramuros, podría asentarse, con estabilidad, la civilización europea-occidental, conjurando, en lo esencial, el peligro de la desintegración por sus propias contradicciones (de clase). Aquellas contiendas bélicas fueron, no obstante, medios de dominación rudimentarios, superados, al abrigo de nuevas brechas tecnológicas favorables del lado dominador y de una extraordinaria y creciente productividad, por los vigentes y actuales, que sacian, sin necesidad de guerras y por convenio, los intereses de las distintas facciones occidentales.

El capitalismo, modo de producción que eleva a occidente, desde el punto de vista material, por encima del resto de las civilizaciones, al punto de configurarlo como sujeto activo de la historia, lo empuja, espoleado por sus contradicciones internas, a actuar, en el escenario mundial, como agente imperialista, en tanto que otras civilizaciones, huérfanas de catalizadores económicos determinantes, duermen en el sueño de la inmovilidad, siendo presas- al primer contacto- del colonialismo y otros medios de servidumbre y dominación.

Así, pues, si la primera historia universal- la de su definición y estructuración- que sólo existe, en cuanto fenómeno histórico, con occidente- es, en lo primordial, una historia de lucha de clases intestina, la de su madurez, es la de la superación o exportación de los conflictos o luchas al exterior, concluyéndose, en cierto modo, en que los movimientos antisistémicos- protagonistas de la lucha de clases- han coadyuvado a tal fin, acelerando la necesidad de dominación. Gráficamente expresado, aquellos han contribuido a engendrar la criatura; son, por fracasados, responsables históricos de la actual dominación, aunque, bien miradas las cosas, más bien han sido arrollados por las incontenibles tendencias históricas de dominación y servido de vigoroso alimento para las mismas. La Unión Soviética, en el fondo, fue defenestrada, por activa o pasiva, por su población, ansiosa de incorporarse a la sociedad de consumo/civilización occidental y al proceso de dominación que le es inherente.

Derivar de lo que antecede la precipitada conclusión de la inutilidad e, incluso, perniciosidad de las luchas libradas, en estos dos últimos siglos, por las fuerzas por el socialismo y las de otras, en épocas más lejanas, contra modos de producción que, necesariamente, las generaban, no parece ser las forma más justa de conducirse en el análisis científico de la sociedad. Muy al contrario, se trata de afirmar que lo que parecía, en un principio, nacido- el socialismo- para triunfar en un determinado ámbito geográfico- el europeo occidental- más bien, las tendencias históricas dominantes, lo han exportado, a la par que sus conflictos, al exterior de sus fronteras. Es, por así decirlo, un cambio de escenario que los primeros socialistas (dicho con absoluta humildad) no adivinaron a dibujar, más interesados por el fenómeno “modo de producción capitalista” que por el de “civilización occidental”, a la postre, con mayor carga de determinación histórica.




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