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El imperativo de ampliar un sistema de diálogos en todas las direcciones posibles


Palabras en la presentación del libro "Rehabilitación de la memoria histórica: Lunes de Revolución en el campo intelectual cubano (1959–1961)"

La Tizza

En tiempos de eufemismos las comillas recurren


Agradezco por partida doble a la Asociación Hermanos Saíz. Primero, por permitirme formar parte del jurado que premió el ensayo que presentamos hoy[1]; y, en segundo lugar, porque en medio de los avatares y depresiones del mundo editorial, uno se alegra de encontrarse consumado en papel el primer libro de una joven de 27 años. Doy las gracias a la propia autora, por permitirme esta presentación.

Las razones que nos llevaron a otorgarle el Premio Calendario de ensayo a Rehabilitación de la memoria histórica: Lunes de Revolución en el campo intelectual cubano (1959–1961) de Grethel Domenech, fueron recogidas en el acta del jurado leída en diciembre de 2015. Sin embargo, una presentación implica otro tipo de ejercicio. Desde el lenguaje revolucionario sería una actividad de agitación y propaganda. Puede entenderse entonces que cargue la mano en los aciertos y aportes del texto en cuestión. A la crítica corresponderá la parte amarga. O no.

A manera de provocación, y desde cierta dosis de vanidad, comentaré a ustedes cómo me gustaría que me presentaran este libro. Para ello, desarrollaré brevemente cuatro líneas fundamentales.

El tema

Este ensayo se acerca, en palabras de su autora a “una de las publicaciones más controversiales, discutidas y estigmatizadas de la cultura cubana”.[2] Ya eso estaría bien, en la voluntad de contribuir a ese esfuerzo tan declarado –pero sesgado– de “recuperar” la memoria histórica. Pero no se trata sólo de eso. En sus páginas, el lector podrá dialogar con el escenario que se vive en la Cuba de los dos primeros años que siguen al triunfo de la revolución: una sintética –pero necesaria– aproximación al cambio que se produce en el país desde un enfoque de totalidad; y el diálogo en que se encuentra Lunes –sin el cual no puede dimensionarse su lugar– con la “vida intelectual polémica” de la nación de entonces, entendida desde referentes históricos y teóricos que jerarquizan –entre otros– los planteamientos de Pierre Bourdieu sobre el campo intelectual.

Ese enfoque de totalidad que define el acercamiento al contexto cubano de 1959 a 1961 se respira también al abordar temáticas como cultura e intelectualidad. Sobre este último concepto, más específicamente sobre el de “intelectual”, la autora reivindica a autores como Gramsci, Bordieu, Sartre, Edward Said, Zygmunt Bauman. En mi caso, debo confesar que los problemas enunciados por Grethel Domenech relativos al cambio y la revolución cultural que sobrevinieron después del primero de enero de 1959 y a las cuestiones del sentido común, me trasladaron a los últimos textos escritos por Lenin en su convalecencia de 1922–1923: Más vale poco, pero bueno; Páginas del Diario y Sobre la cooperación.

El tema y las referencias

La academia tiene sus códigos. Es así, que cuando nos enfrentamos a un trabajo de tesis, a un proyecto o informe de investigación “deben cumplirse” con rigor determinados requerimientos. Uno de ellos se nos ha presentado como “la novedad del tema de investigación”. Pero la novedad no se encuentra, muchas veces, en declararse a bombo y platillos como la primera persona que trata un asunto. Lo novedoso está, también, en proponer nuevos enfoques, métodos e incluso, en la sistematización. Y ese es otro servicio que presta este libro.

Grethel lo declara sin tapujos: ella no está iniciando un tema. No lo pretende. Por eso menciona –en las cuestiones generales– a Jorge Luis Acanda, Arturo Arango, Humberto Arenal, Luis Busch (con su libro clave Gobierno Revolucionario Cubano: génesis y primeros pasos para entender históricamente los primeros años de la revolución), Rafael Hernández y Fernando Martínez Heredia; y –para acercamientos específicos al tópico– a María del Pilar Díaz Castañón, Elizabeth Mirabal, Carlos Velazco, William Luis, Ariel González, Julio César Guanche y Leandro Estupiñán.

Sin grandilocuencias, este libro es otra contribución en ese camino que para nada se ha saturado. Articula el rigor con las libertades que permite el ensayo, que afortunadamente se zafa –aunque desgraciadamente en las ciencias sociales con menos frecuencia– de las rígidas herencias del tratadismo. El lector encontrará en él un punto de partida, con el agregado de una amplia bibliografía consultada, así como los juicios de la autora. Disfruté la lectura con el martilleo de una frase de Georgina Alfonso, directora del Instituto de Filosofía, en una entrevista para el blog de la revista Temas: “el ensayo ha sido la forma de expresión de la filosofía en América Latina, no podemos abandonar esa tradición ahora”.

El tema, las referencias y la autora

Entre los autores a los que acude Grethel Domenech hay varios que no superan los treinta y cinco años. Es, ella misma, una joven. Me veo en la obligación de volver a un trabajo publicado en La Jiribilla con el título La AHS en la agenda de la investigación social en Cuba en el que decía: “Los premios Calendario de las últimas seis ediciones cuestionan esa insistencia de rescatar la memoria histórica que, en realidad, lo que afirma es la debilidad existente. Lo que pasa es que ofrecen al escenario de la investigación historiográfica nuevas problemáticas: la necesidad de liberarse de los esquemas positivistas, la urgencia de articular diferentes disciplinas y enfoques metodológicos y, lo más importante, llenar los vacíos históricos en diálogo con la contemporaneidad cubana”.[3] ¿Por qué traerlo a colación? 1. Estamos presentando un premio Calendario; 2. El texto, por sobre todas las cosas y como lo declara en su título, es un acto de rehabilitación de la memoria histórica; 3. Esta rehabilitación se articula desde un regreso a lo que pudiera definirse como la parte de la historiografía privilegiada hasta el momento, que se ha traducido en los sistemas de formación docente de nuestras escuelas, y otra parte marcada por las desatenciones, la escasa divulgación y los silencios. En rigor, no debíamos estar hablando de “partes” y creo que este libro también nos ayuda a entender eso.

Quienes abordamos de una forma u otra los acontecimientos de 1959 hasta la actualidad, asumimos el doble reto de restaurar y construir. Por un lado, la importancia de recuperar la memoria se acompaña de llenar vacíos –en muchas ocasiones voluntarios– y ello debe unirse a visibilizar la producción de los últimos veinte años que se presenta en monografías, artículos, conferencias; abordando buena parte de los procesos ocurridos recientemente. La “objetividad histórica”, que impone “tomar distancia” del objeto de estudio, no debe convertirse en un elemento de inmovilización.

Quisiera destacar también el hecho de que Rehabilitación de la memoria histórica: Lunes de Revolución en el campo intelectual cubano (1959–1961), está escrito por una joven que desarrolla su actividad docente en el Instituto Superior de Arte; lo que viene a confirmar esa relación entre profesorado e investigación que puede considerarse un elemento sustancial de la escuela cubana. Es allí, en nuestras aulas, donde este libro debe multiplicarse.

El libro y la contemporaneidad

De manera falsa, voluntarista y superficial, cuando queremos demostrar la vigencia de un escrito, una figura o una frase, lo arrancamos de su contexto y lo colocamos en una valla. Este libro no cae en ese facilismo, aunque es un diálogo con el presente.

Para ello, nos presenta problemas de larga data que tocan la actualidad nacional. Me limito a presentarlos a manera de interrogantes: ¿a qué nos referimos cuándo hablamos de unidad ideológica?, ¿qué lugar tiene la cultura como dimensión de la realidad y la aspiración de una “nueva sociedad”?, ¿avanzan la cultura y el comprometimiento revolucionario en la misma tesitura?, ¿cómo se apropian los ciudadanos del ideal y la realización de “la Revolución”?

Como botón de muestra, cometo el sacrilegio de citar una cita de la autora que recupera un trabajo de Alberto Garrandés: “La Revolución llegó a la vida nacional y formuló la utopía como construcción legítima y posible, y es entonces cuando se reacomodan y amplían los parámetros de recepción cultural, en una época que hacía de la cultura un sistema de diálogos en todas las direcciones posibles”.[4] La frase parece interpelarnos hoy, con el imperativo de ampliar un sistema de diálogos en todas las direcciones posibles.

Como pueden ver, este trabajo también tiene la virtud de plantearnos interrogantes.

Epílogo

Finalmente, no veo mejor recomendación que anunciarles que encontrarán fragmentos con los que pueden no coincidir. Si no fuera así, ¿qué valor tendría hurgar en la memoria? Una memoria, que en palabras de Miguel Bonasso, siempre arde. Así debía ser, que los jóvenes recuperen una memoria que nos queme.

[1] Sábado del Libro/3 de junio de 2017

[2] Grethel Domenech. Rehabilitación de la memoria histórica: Lunes de Revolución en el campo intelectual cubano (1959–1961). Ediciones Abril, 2017. p. 8.

[3] Fernando Luis Rojas. La AHS en la agenda de la investigación social en Cuba. En http://www.lajiribilla.cu/articulo/la-ahs-en-la-agenda-de-la-investigacion-social-en-cuba.

[4] Grethel Domenech. Rehabilitación de la memoria histórica: Lunes de Revolución en el campo intelectual cubano (1959–1961). Ediciones Abril, 2017. p. 15.








https://www.rebelion.org/noticia.php?id=227832

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