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Decreto de emergencia nacional



Puesto que el partido del gobierno y el gobierno son hiper­centralistas, apechuguen ambos con la situación cala­mitosa que se avecina en todo el país. Pues no es una com­petencia que, dadas las circunstancias que vivimos, corres­ponda en lo esencial a ayuntamientos y Comunida­des... 

El año hidrológico ha sido desastroso y en lo que lleva­mos de año prácticamente no ha llovido en toda España. Y donde ha habido precipitaciones han sido torrenciales, pero no para llenar pantanos ni aumentar estable y natu­ralmente el caudal de los ríos, sino para destrozar cose­chas y causar otros estragos. Y lo peor no es eso, ni que el cambio climático negado por los necios origine un pano­rama extraordinariamente anómalo de modo que ni las tempe­raturas ni las lluvias se correspondan con lo espe­rado según el mes o la estación del año, y que no haya llo­vido suficiente en demasiado tiempo. Lo peor es la tenden­cia. No hace falta ser un adivino o un augur, sino simplemente haber ve­nido haciendo un seguimiento de la pluviometría desde hace una o dos décadas, para saber que la lluvia es un me­teoro dramáticamente decreciente y decreciente además de manera exponencial. Hasta tal punto es así que si esta ci­vilización empezó tras un Dilu­vio Universal, ésta en la que nos encontramos parece abo­cada a una Sequía Univer­sal... 


Las lluvias, ya lo he dicho de otra manera, son irregula­res o intempestivas y no responden en todo caso a la secuen­cia correspondiente a las estaciones del año y a las previsio­nes de los cultivos… 


Por otro lado, los “expertos”, en multitud de asuntos, son los menos indicados para ser escuchados y esperar de ellos reme­dio de lo remediable y menos de lo irremedia­ble, pues a me­nudo ellos mismos y su estrabismo y defor­mación sensorial que acompaña a toda especialidad fuera del objeto de su estudio, son los causantes de los males de causa incierta o confusa. Por eso, antes que con un mete­reólogo o que con un físico que además no se atreverán a anunciar pési­mas noticias para no causar a los gobernan­tes alarma so­cial siempre difícil de controlar, y desde luego antes que con un profeta, es preferible en este caso consultar con un fino anciano. con un provecto sensible o con un pastor de ovejas, si se quiere penetrar en lo que su­cederá en el sombrío e inminente futuro que nos espera, an­ticiparse y ajustar las pre­cauciones necesarias para evi­tar un cataclismo súbito. 


El caso es que el gobierno, en lugar de fijarse en lo que ocu­rre en Venezuela y malgastar energías vitales para im­pedir la consulta en Catalunya, lo que debe ir preparando es un Decreto de Emergencia Nacional. Está en juego an­tes que nada la sa­lud pública de toda la población. Luego la supervivencia. 


Habida cuenta esa tendencia a la que me refiero, setiem­bre, octubre y meses sucesivos pueden estar sujetos a las mismas veleidades térmicas que estos últimos tiempos y no llover si no de un modo ocasional. Las restricciones de agua ya han empezado en algunos sitios. Y las restriccio­nes es de temer que hayan de ir siendo graduales. Por lo visto, se consume mucha más agua para regadío que para el consumo ordinario humano. No obstante, y dada esa ten­dencia marcada, habrá que ir pensando cómo actuar se­veramente cuando los embalses y fuentes de agua lle­guen al límite... Se puede contar con el agua embotellada, para beber; se puede prescindir temporalmente del agua para limpiar vajillas, o recurrir a útiles de cartón de usar y tirar que sustituyan a vasos, tazas, cubiertos, etc. Pero -y aquí está el problema capital que relaciono al principio con la sanidad-, el agua de las cisternas de inodoro son vi­tales después de la que necesitamos para beber y para vi­vir. Y entonces, si el agua falta para ese uso imprescindible en las urbes ya en todas partes, me dispenso de relatar o describir las consecuencias… 


De modo que arriésguese el gobierno a dictar ese Decreto de Emergencia Nacional cuanto antes, desarrolle luego las medidas oportunas para retrasar en lo posible un desen­lace que se perfila catastrófico y no espere a la fatalidad que con desgraciada probabilidad parece no sucederá: que llueva en abundancia en la península en los meses próxi­mos. Napoleón sólo quería generales con suerte. No sabe­mos mucho de la suerte y de las capacidades del presi­dente del gobierno español más allá de su aptitud para ob­servar con detalle los “hilillos de plastina” que salían hace años de un buque naufragado que devastó la costa galaica. Pero ahora tiene la oportunidad de dar la me­dida como hombre y dirigente intrépido al tiempo que como sagaz previsor en el bien de todo el país. Si acierta se lo recor­dará la población toda la vida que le quede por de­lante. Y luego, si diluvia y aquí no ha pasado nada, al menos el mundo reconocerá la buena voluntad de un ser que sólo ha sobresalido por no decir nunca nada sustan­cioso y por su espantosa mediocridad. Al menos, en este Decreto que le propongo por el bien de todos, tendrá la oca­sión de dar la medida de sí mismo y de lo que dice re­presentar: Es­paña. Porque si las cosas suceden como los agoreros ba­rruntamos, ya puede ir preparándose todo el mundo para el ¡sálvese quien pueda! mucho antes de lo que aconseja la prudencia...



Jaime Richart, Antropólogo y jurista.



https://www.rebelion.org/noticia.php?id=230096


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