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Hiroshima, nuestro amor


Página/12

Hace unos días, tres árboles Gingko que mi mujer y yo habíamos plantado frente a nuestro hogar en Durham, Carolina del Norte, sufrieron un asalto a mansalva. Cuando salí a defenderlos de un tropel de trabajadores que excavaban hoyos gigantescos justo al lado de las raíces de esos árboles para enterrar cables de fibra óptica, largos y sinuosos y amarillos como serpientes, me animaba no solo el deseo de salvar a esos hermosos retoños de las depredaciones de la modernidad, sino también inspirado por la memoria de la primera vez, treinta y tres años atrás en Hiroshima, que supe de los Gingko, la primera vez que tuve la suerte de conocerlos.

–Tiene Usted que ver los Hibakujumoku, los árboles sobrevivientes –me dijo Akihiro Takahashi, el director del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, casi comandándomelo imperiosamente al final de una larga conversación en su oficina–, tiene que ver los Gingko.

Me había estado relatando la historia de su propia supervivencia a la edad de catorce años después que la bomba atómica cayó sobre su ciudad el 6 de agosto de 1945, gracias a que se encontraba en su escuela a un kilómetro y medio del epicentro. Minuciosamente fue desplegando su experiencia: un centelleo de luz seguido por un estallido ensordecedor que le hizo perder la conciencia, despertando para hallarse, trastornado y cubierto de quemaduras, lanzado contra un muro a diez metros de distancia. Y lo que había visto cuando se dirigió hacia un río cercano para ver si las aguas le apaciguaban la piel calcinada. Una escena apocalíptica: cadáveres esparcidos como rocas, un bebé que lloraba en los brazos de su mamá incinerada, hombres atravesados por pedazos de vidrio deambulando por las ruinas de calles y puentes como fantasmas, con la ropa hecha harapos, el aire ennegrecido e irrespirable, barrios enteros ardiendo, 85 mil hombres, mujeres y niños muertos instantáneamente, los miles que sucumbieron después debido a lesiones y radiación. El cuerpo de Takahashi ostentaba señales de ese crimen de guerra y su persistente desenlace. Una de sus orejas estaba chata y deforme, y sus manos retorcidas y encrespadas, con uñas largas y negras que crecían de varios dedos. Una de esas manos gesticuló hacia la ciudad más allá del Museo donde los Gingko, insistió, por medio de un intérprete, probarían mejor de lo que él lo pudiera hacer, la perduración de la esperanza, la necesidad de buscar la paz y la reconciliación.

Y, en efecto, los tres árboles que visité en los templos de Hosen-Ji y Miyojoin-Ji y en los jardines de Shukkeien eran una maravilla, frondosos y magníficos y obstinados. Protegidos por la profundidad de sus raíces, germinando nuevos brotes casi inmediatamente después de la explosión, estos árboles venían a ser expertos en el arte de sobrevivir, una especie, me contó el intérprete, que tenía, según fósiles encontrados en China, 270 millones de años de antigüedad. Se estimaba que bien podía ser uno de los seres vivos con más existencia ininterrumpida en el planeta. Y algunos ejemplares llegaban a cumplir más de dos mil quinientos años. Y estos, los que miraba yo con reverencia en Hiroshima, habían brotado de verde en medio de cuerpos carbonizados y gritos de humanos agonizantes, mientras caía una lluvia negra.

Y fue así que, décadas más tarde, cuando los majestuosos robles que se sembraron hace setenta años atrás en Durham, comenzaron a morirse y fue necesario derribarlos, nos pareció natural, casi inevitable, reemplazarlos con árboles Gingko. Adquirimos dos ejemplares bonitos y los hicimos plantar, a nuestras expensas, en la vereda frente a nuestro hogar, e incluso persuadimos al municipio de que cultivara otro para el vecino. No se trataba tan solo de desafiar a la muerte –estos árboles perdurarían más allá de los robles, estarían acá cuando nosotros ya no respiráramos, a estos árboles no los derribarían con facilidad– sino también de una decisión estética. Los Gingko son elegantes y dúctiles, y sus hojas se presentan en delicados lóbulos verdes en forma de pequeños abanicos encantadores.

He ido regando todos los días esos árboles milagrosos y cada madrugada les doy la bienvenida, llegando en algunas ocasiones a hablar con ellos, canturrearles una que otra melodía.

No era extraño, entonces, que cuando presencié una caterva de trabajadores cavando zanjas al lado de los Gingko, poniendo sus raíces al alcance de los cables mortíferos, me lancé al rescate. Ayudado por mi castellano (todos los que labraban eran de origen hispano, probablemente indocumentados), los convencí con vehemencia de que alejaran sus fosas de los Gingko. Enseguida hice lo propio a lo largo de la calle donde otros árboles peligraban.

Por cierto, el destino de estos ejemplares específicos que fueron liberados de este trance es trivial comparado con las vidas arrasadas por el estallido nuclear, pero hay, sin embargo, un simbolismo más profundo que emerge de esta embestida del “Giga-Power” contra los Gingko que siguen agraciando nuestro vecindario. Es un conflicto, después de todo, entre la naturaleza en su forma más prístina, lenta y sublime y las exigencias una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad tecnológica, se expande en forma supersónica, perforando atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino, con tal de lograr comunicaciones más rápidas y eficientes e instantáneas. Es una batalla que, como cada día es más evidente, la Tierra está perdiendo.

Lejos de mí oponerme al progreso y el contacto global, y menos todavía ahora en esta época en que el chovinismo aislacionista muestra sus garras. Me seduce la idea de que las múltiples hebras de la humanidad se entrelacen por medio de cables y fibras ópticas que podrían permitirnos ensayar la paz y el entendimiento entre diferentes culturas y naciones que Akihiro Takahashi soñó en Hiroshima. Pero me perturba la irresponsabilidad con que aceleramos hacia el futuro con nuestra tecnología arrogante, sin medir las consecuencias de nuestras acciones, cuántos Gingko –y no solo aquellos árboles, sino que todos los animales y especies– están amenazados hoy por nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante del desarrollo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad sino a través del último artefacto y la conexión más vertiginosa y la primacía del dinero y las ganancias.

Los Gingko de Hiroshima, esos tenaces hermanos y hermanas mayores de los tiernos retoños frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir las secuelas más devastadoras de la ciencia y la tecnología, la división del átomo, un poder destructivo que puede convertir el planeta entero en un cementerio.

Su supervivencia constituyó un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación, la esperanza de que trataríamos la vida, como lo han hecho ellos, con reverencia, templando las fuerzas desenfrenadas que pueden llevarnos a todos a la extinción.

Cuán paradójico, cuán triste, cuán estúpido sería que, setenta y dos años después que Hiroshima abriera las compuertas al posible suicidio de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia, ese llamado al futuro, lo que las hojas suaves de los Gingko todavía tratan de murmurarnos.

* Autor de La muerte y la doncella y, más recientemente, la novela Allegro, vive con su mujer en Estados Unidos y Chile. 






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