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04 agosto 2018

Puñaladas del fascismo chileno


¿Una vocación de más largo alcance?



En la pasada marcha por el aborto libre, en Santiago, tres mujeres fueron apuñaladas. Como en todo hecho de este tipo, las circunstancias y detalles son aún confusas, y sin embargo, el acto terrorista contra las compañeras y las acciones del Movimiento Social Patriota en las afueras de la Universidad Católica de Chile, en particular la realización de barricadas y de un lienzo que propagandeaba “Esterilización gratuita para las hembristas”, permiten desarrollar una serie de reflexiones con respecto al fascismo chileno.

A nuestro juicio, las preocupaciones de las y los revolucionarios con respecto a estos hechos deben dirigirse en dos direcciones que están, hasta hoy, al debe, y que por lo mismo, nos aprestamos a elaborar una serie de hipótesis que permitan al marxismo y al feminismo enfrentarse con decisión a sus enemigos. La primera se refiere a la caracterización del fascismo chileno, vale decir, dar una respuesta que sea más completa que la caricatura de los “monerazis” y/o “fachos pobres”, puesto que el epíteto puede servir para identificar a la franja política, pero en términos de análisis nada aporta, e inclusive, lo obstaculiza. La segunda dimensión se refiere a las dificultades de “este lado”, ya sea éste marxista o feminista- o ambas- para comprender a sus enemigos, en particular, del fascismo chileno.

Para desarrollar nuestras opiniones dividiremos las dos aristas en dos secciones distintas. Nuestra afirmación fundamental es que detrás del fascismo chileno, de las barricadas, y de las puñaladas a las compañeras feministas, existe un engendro con vocación de largo plazo que “este lado” no se ha esforzado en caracterizar, y que por lo mismo, no está aún en condiciones de enfrentar.

Debe advertirse que aquí el lector no encontrará una “receta” para enfrentar al fascismo chileno, pero sí -ojalá- afirmaciones que nos permitan ir en esa dirección .I- Fascismo chileno: ¿Morenazis o Proyecto autoritario?



En esta sección nos proponemos analizar al fascismo chileno en sus dos expresiones políticas actuales, a saber: el “Movimiento Social Patriota” y “Acción Republicana” y con ello poder respondernos la interrogante de si ¿Son los Kastistas y Social-Patriotas un simple grupo de “locos” o existe detrás de ellos una vocación de más largo alcance?

A nuestro parecer, la pregunta puede partir respondiéndose analizando las tendencias de crecimiento cuantitativo y cualitativo de los grupos fascistas. Esto quiere decir que estas expresiones políticas no son nuevas, puesto que durante la década del ´90 y del 2000 ya existían, sin embargo, para la actualidad cualquier análisis serio debiese apuntar a analizar su crecimiento en ambas dimensiones.

Antes de comenzar debemos hacer una advertencia al lector, y esta es que no podemos afirmar que las dos expresiones del fascismo chileno sean “lo mismo” aunque su relación sea interdependiente. Esto porque si bien ambas agrupaciones políticas apelan a la movilización de toda la sociedad chilena sin distinción de sus clases sociales (discurso pluriclasista), sus criterios ideológicos y su origen de clase -al menos en apariencia- son diferentes. Por una parte, Kast y Acción Republicana denuncian la “crisis de autoridad” y reivindican la idea del “orden” que se ha visto trastocada por una supuesta avanzada de la izquierda, y su origen de clase está marcado por las facciones más retrogradas de las clases dominantes chilenas por ejemplo parte de la “familia militar”. El “Movimiento Social Patriota” en cambio apela a un “ordenar cambiando” o “nuevo orden” antielitista, antiimperialista y nacional, a la vez que sus militantes revisten un carácter mucho más “popular” que “Acción Republicana”. Para nosotros, esta distinción no quita su interdependencia, puesto que todos los fascismos históricamente han tenido un pie izquierdo y otro derecho -uno popular y otro “burgués”- que se complementan para obtener el poder político. Si no nos cree, pregúntele a los militantes nacional-socialistas asesinados en la célebre “noche de los cuchillos largos” en Alemania, o más cerca, a los sectores populares argentinos militantes del peronismo, que en paralelo a los beneficios de las políticas redistributivas de Juan Domingo Perón luchaban también contra sus políticas represivas hacia el comunismo.

Dicho esto, es momento de pasar al análisis. En el terreno cuantitativo, la medición electoral de los últimos comicios presidenciales arrojó cerca de un 8% para la candidatura de José Antonio Kast. El lector podría suponer que de aquello no se desprende ningún peligro ni proyección posible debido a su evidente minoría. Sin embargo, si enfocamos mejor el lente, nos daremos cuenta que su potencia electoral no es ningún chiste, ya que su rival opuesto en el mismo comicio, Eduardo Artés de la mano del Partido Comunista Acción Proletaria (PC-AP) -con un discurso también “duro y cerrado”- no logró alcanzar ni siquiera un 1%. También, si recordamos la experiencia del “Juntos Podemos” que aglutinaba antes de la formación de la Nueva Mayoría a la izquierda extraparlamentaria, queda a la vista que dicha coalición por sí misma, aún con toda su trayectoria histórica y símbolos potentes como Gladys Marín nunca lograron trascender al 6% de preferencias. De esta manera, queda a la vista que la obtención de un 8% por parte de Kast en su primera aventura electoral ultraderechista no es nada despreciable, pues anuncia la capacidad de proyectarse en el mediano plazo, y a la vez, generó el piso mínimo para la formación de su propio movimiento político. De esta manera, en el terreno electoral, debemos considerar a “Acción Republicana”, en tanto nueva expresión política del fascismo chileno, como una “minoría significativa”.

Por otra parte, es en el terreno cualitativo en el cual puede verificarse la dinámica de crecimiento de estas “minorías significativas”. En particular, debemos notar que al menos hasta el segundo gobierno de Michelle Bachelet este tipo de tendencias políticas se mantenían mayoritariamente al interior de las “reglas del juego” o en la marginalidad. Por un lado, si bien los partidos políticos de las clases dominantes solían apelar de manera descarada -y muy sincera- a la reivindicación de su identidad Pinochetista y Guzmanicista, éstos no apelaban de ninguna manera a la movilización de la sociedad chilena, pues a pesar de todo, el “orden” estaba garantizado. Por otro, los movimientos fascistas no identificados con la oligarquía chilena no eran capaces de lanzarse de manera masiva a la lucha de ideas. Vale decir, su aglutinación respondía más bien a criterios identitarios que a una opción ideológica elaborada y definida. Ahora, en cambio, la tendencia oligárquica del fascismo apela a la movilización de la sociedad chilena en contra de la supuesta disolución del orden que se avecina con una nueva avanzada del marxismo, y a su vez, las expresiones populares de dicha tendencia se han dispuesto a enfrentar las dinámicas de la lucha callejera, lo cual debe comprenderse en toda su amplitud: han asumido la confrontación cuerpo a cuerpo como opción, y a la vez, la disputa de la calle a través de la propaganda ideológica.



En síntesis, el fascismo chileno, que hasta hace ayer era expresión de un criterio identitario de pequeñas facciones, principalmente de la clase dominante chilena, en particular de la familia militar y de secciones del capital financiero y comercial extranjero-nacional, ante el escenario de la (matizada) apertura política abierta desde el 2006 al 2011 para acá, se ha visto obligado a reconfigurar sus proyecciones, programas y tácticas políticas.

Sobre esta dinámica del cambio del denominado “fascismo chileno”, en tanto capacidad de diferenciación dentro y fuera del sistema político institucional, hay una cuestión que debiese llamarnos la atención. Esto es la apelación al enemigo del “comunismo” para explicar los males que- supuestamente- aquejan a la sociedad chilena. En este sentido, debemos entender que cuando estos sectores achacan al fantasma del comunismo las políticas de Michelle Bachelet, el avance del feminismo o de los “problemas” derivados de la inmigración masiva en nuestro país, no nos están hablando desde la ignorancia. Cualquier observador medianamente serio apunta y dice con razón “pero si Bachelet no implementó ninguna política que trastoque el neoliberalismo”, “pero si la militancia marxista en el feminismo es marginal”, sin embargo, ese mismo observador serio debiese notar que no se trata de eso. Cuando estos sectores inflan el “fantasma del comunismo” lo hacen en función de la defensa del orden establecido. Por un lado, el anticomunismo que Kast aplica incluso a su socio Joaquín Lavín está dirigido a su propia clase social, y le anuncia a sus diversas facciones- las oportunistamente han sacado la imagen de Pinochet de sus símbolos identitarios para sólo dejarlas en el cuadro del living de la casa- que cualquier referencia a la idea de “cambio” es un peligro de largo plazo para su clase social, en concreto, puede que no sea verdaderamente comunista hoy, pero conviene denunciarlo porque puede serlo mañana. Por otro, los social patriotas crean al enemigo común necesario para conducir al pueblo- exclusivamente- chileno a la construcción del “nuevo orden”.

De manera transversal, no podemos dejar de destacar los aciertos del fascismo chileno en su dimensión ideológica, con lo cual nos referimos al equilibrio entre espíritu y pragmatismo político. Esto es, la capacidad de “digerir” el sentido común de la masa para luego incorporarle elementos de propio cuño, de manera que han sabido traducir las expectativas populares y a la vez transformarlas. En concreto, los actos más rimbombantes del fascismo chileno habían estado dedicados a acciones propagandistas de impacto mediático, de las cuales destacamos dos ejemplos que dan certeza su capacidad de digerir y transformar el sentido común, de equilibrar el espíritu con el pragmatismo. Primero, tenemos al MSP desplegando sacerdotes católicos colgados desde un puente, promoviendo la “muerte a los pedófilo”. En este sentido debemos preguntarnos ¿qué chileno o chilena podría estar a favor de la pedofilia?, la respuesta es, nadie, de manera que su propaganda enfrenta a un “enemigo común” a la vez que instala lo que realmente quiere instalar: la pena de muerte. De esta forma, han procesado la aspiración del pueblo chileno, y a su vez instalado un criterio propio, ya que independiente de si tal o cual persona está a favor o no de la pena de muerte, ninguna se aprestaría a defender a un pedófilo. Por otra parte, tenemos a Kast afirmando que Daniela Vega es en realidad Daniel Vega, con lo cual logra instalar una opción ideológica en el debate que se abre en las confusas mentes de nuestro pueblo con respecto a si la determinación social del sexo responde a criterios biológicos o más bien a elementos-sociohistóricos, y en ese sentido, la confusión es la confusión, y es aprovechada para instalar la afirmación propia. Por otra parte, las constantes denuncias- normalmente, vacías de contenido político- en redes sociales contra estos grupos, o bien, las pateaduras en masa, no hacen más que entregarles el espíritu de épica necesario para afirmar que están moviendo las aguas de la sociedad chilena.

Si incorporamos este elemento en la tendencia de cambio en el escenario geopolítico, en particular, la consolidación (y ya no sólo “emergencia”) de contrapesos a la dominación del imperialismo norteamericano en todos los rincones del mundo, veremos que no es relevante si Kast o los social- patriotas son paranoicos, o si padecen algún problema mental, sino que son símbolos de una estrategia mayor. En efecto, los sectores sociales que representa el fascismo chileno están conscientes de que en los próximos 30 años- al menos- nos enfrentamos a lucha por la hegemonía mundial, donde todo parece apuntar desplazamiento económico y político de la hegemonía norteamericana en función de los capitales chinos y los fusiles rusos. Tal como ha señalado el Secretario del Departamento de Estado

Norteamericano, “China está socavando los pilares de la civilización occidental”. Dinámicas como la guerra en medio oriente, la paulatina absorción de las exportaciones latinoamericanas por la economía china, la formación del G-7 en América Latina y su puñal afilado contra Venezuela, no hacen más que dar cuenta de la tendencia conflictiva que se verifica en este período histórico de la lucha de clases, ante lo cual, el fascismo chileno, de manera explícita con Kast, asume la subordinación y defensa del imperialismo norteamericano como vocación de largo plazo, lo cual en la coyuntura se expresa en la denuncia de la “crisis de autoridad” y la consecuente apelación al “orden”, ya sea defendiendo el ya establecido o aludiendo a uno nuevo por crear. Nótese por último, que Chile además de encabezar los círculos concéntricos de la reacción continental en términos diplomáticos y militares (Chile posee la única fuerza naval autorizada por Estados Unidos a dirigir las maniobras de los ejercicios marítimos conjuntos), es el país que posicionado al frente de la cuenca del pacífico se transformaría, con el correr de los años, en uno de los principales epicentros de la circulación de las mercancías del mundo.

Es por todo esto que el lector debiese deducir que detrás de las puñaladas contra las tres compañeras no hay solamente hombres que se resisten a aceptar que la mujer sea un ser humano (eso es el antifeminismo denunciador de la “ideología de género”, en cualquiera de sus vertientes), hay más…hay mucho más. La hoja del cuchillo está meticulosamente afilada por las facciones más reaccionarias -y más consecuentes- de la oligarquía chilena, que ha logrado dar vida a dos movimientos políticos, uno que interpela a su propia clase social y otro que se dirige a las clases populares, en función de una estrategia de más largo aliento.II- Las respuestas “de este lado”



Como decíamos, nos interesa también diagnosticar las respuestas que “este lado” ofrece al fascismo chileno. En ese sentido, lo primero que debe atenderse, a diferencia de lo que ocurre con el fascismo chileno, es la disgregación entre los diversos actores políticos y sociales que componen este campo. En ese sentido, el fascismo chileno golpea como un solo puño, mientras que el marxismo, los feminismos y la izquierda en general no son capaces de articularse de manera táctica -alianza- y tampoco de manera estratégica -unidad-, ya que en sus diversas tensiones “este lado” cuenta con constructores de puentes que progresivamente son destruidos por agentes dinamiteros. Con esto último nos referimos a que así como hay marxistas e izquierdistas que se niegan a reconocer a la liberación del género como una dimensión necesaria de la liberación de la humanidad, así mismo hay feminismos que se niegan a cualquier posibilidad de pensar en una liberación más allá que la del género, aun cuando se diga que la del género, y no la de clases, es la realmente importante para toda la humanidad.

Sin embargo, hay algo común que tienen todas estas fuerzas del amplio abánico anticapitalista, antipatriarcal y/o anticolonial. Poniendo en un mismo nivel a un movimiento político universitario maoísta, guevarista, allendista, etc., a una asociación de yeguas del apocalipsis, a un círculo de lectura marxista y/o feminista, y también, a quienes escriben esta columna, tampoco hemos logrado escapar a las dinámicas de la fragmentación y la confusión ideológica. Esto es, la miopía a la hora de identificar el origen de las puñaladas del fascismo y caracterizar sus reales proyecciones.

¿Por qué afirmamos esto? Primero, porque todos estos actores políticos y sociales al observar al fascismo chileno tienen como muletilla dos conceptos: “los morenazis” o los “fachos pobres”, y como vimos, el problema es mucho más complejo que eso. Además, el primer concepto arroja un a- historicismo aberrante al desconocer que la mayoría de los fascismos no han tenido un carácter “étnico” sino que cultural. El otro apelativo da cuenta de lo abigarrado de las concepciones elitistas aún en nuestra propia trinchera. Segundo, porque cuando cualquiera de estas expresiones se plantea la “lucha antifascista” lo hace apelando a dos dimensiones -a veces de manera superpuesta- que no consideran el enfrentamiento de las ideas del fascismo como un campo de acción. Una es la interpelación al propio y actual Estado de Derecho -la Justicia y la Policía- para que resuelva el problema, y la otra, la apelación a un -imaginario- enfrentamiento callejero con las fuerzas del fascismo.

En la primera dimensión de ese “antifascismo” se cuelan los criterios de la mentalidad de las clases dominantes, pues le pedimos al mismo Estado-que-asegura-la-dominación-de-clase o Estado- históricamente-patriarcal que enfrente a nuestros enemigos, cuestión a todas luces imposible. En la segunda, reducimos la disputa callejera sólo a la lucha cuerpo a cuerpo, sin tomar en cuenta la amplitud de lo que implica efectivamente ocupar la calle, que más allá de la ocupación corporal y masiva del espacio público, también es la instalación in situ de ideas antifascistas a través de la propaganda, lo cual implica analizar previamente las afirmaciones del fascismo chileno para enfrentarlo en ese terreno correctamente. A la luz de estos despliegues, podemos concluir que esto último, las nuevas expresiones fascistas lo han comprendido mejor que nosotros y con mucha mayor certeza.

Las risotadas sobre los morenazis y los fachos pobres, la apelación a que el Estado defienda nuestras vidas, la apelación imaginaria al combate cuerpo a cuerpo en la calle, hasta el momento, no son más que expresiones de nuestras propias inconsistencias ideológicas, lo que es lo mismo que decir, la negación de tomar nuestros supuestos teóricos (marxistas y/o feministas) y hacerlos chocar con la realidad realmente existente, y no sólo con la que quisiésemos que existiera. Nuestro antifascismo precario, compañeras y compañeros, no estará para ninguna denuncia ni combate firme mientras no asumamos la lucha de ideas para confrontarlo. Vale decir, analizar y confrontar sus afirmaciones a través del debate y la propaganda, digiriendo el sentido común de la masa e instalando nuestros propios criterios, lo cual no es un ejercicio sencillo, sino que implica un análisis más serio y de carácter histórico.

Si agarramos a un fascista entre un grupo de 10 en una marcha, de seguro lo “reducimos”. Pero, imagínese usted en una asamblea barrial, sindical o en un grupo serio de debate en la que hay grupos fascistas bien organizados y preparados en sus argumentos, y que ya no son reducibles a través de denuncias morales ni “funas”. ¿Estamos a la altura de ganarles absolutamente un debate y dejarles en ridículo? ¿Podemos aplastarlos con nuestras afirmaciones políticas? Por cómo se están desarrollando los acontecimientos en estos últimos tiempos, y sobretodo más allá de la funa o el griterío de una masa contra un grupo de individuos contrarios a las consignas de una marcha o manifestación, consideramos que por ahora no se está del todo seguro ganar esa batalla de las ideas de manera aplastante. Ello lo decimos no por un problema de convicciones, sino de diagnóstico del despliegue de fuerzas (cuantitativas y cualitativas) del enemigo y de las que nos son propias. En efecto, mientras seguimos teniendo una risa tan fácil ante todos los movimientos del enemigo, éste avanza, y si nos reímos más, no tomamos el peso -que debiese caernos en la cabeza como un bloque de cemento- de las puñaladas recibidas por las tres compañeras.

Compañeras y compañeros, mientras no asumamos la lucha de ideas para ganarlas en las grandes masas, podemos hacer todas las denuncias proderechos humanos que queramos, dar todas las pateaduras -que al final del día benefician- a Kast, estar por semanas enteras en los trendintopics. Pero hay algo en lo que ya nos habrá ganado el fascismo: en su dinamismo ideológico y su relación con el sentido común de las masas. En ese terreno, ellos nos van ganando, no tanto para la visibilidad del hoy, pero sí para la realidad del mañana.

El único camino para vencer al enemigo, es conocerlo. La lucha de ideas y la lucha cuerpo a cuerpo es y debe ser, por tanto, una unidad indivisible.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=244882

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