Por Bryan Avelar
Sobre las trabas que enfrentan los salvadoreños deportados cuando intentan obtener un empleo en el país En el año 2011, cuando César Recinos decidió dejarlo todo para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, nunca imaginó que llegaría a ganar $800 semanales, vestiría ropa de marca, usaría zapatos caros ni que se compraría su […]
Sobre las trabas que enfrentan los salvadoreños deportados cuando intentan obtener un empleo en el país
En el año 2011, cuando César Recinos decidió dejarlo todo para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, nunca imaginó que llegaría a ganar $800 semanales, vestiría ropa de marca, usaría zapatos caros ni que se compraría su propio automóvil. Tampoco imaginó, según cuenta, que por cruzarse un semáforo en rojo lo agarraría “la Migra”, lo esposarían, lo subirían a un avión y lo mandarían de nuevo a El Salvador.
A sus 21 años, cuando decidió irse para los Estados Unidos, a Recinos lo lloraron, le dijeron que no se fuera, y –en sus propias palabras- lo llamaron héroe.
-Yo lo que quería era un mejor futuro, un buen trabajo, necesitaba dinero y algo más de lo que podía lograr en mi país – recuerda ahora, 13 años después de haber partido hacia el norte.
A sabiendas de que cruzar la frontera como mojado implicaba arriesgar la vida, Recinos dice no haber sentido miedo, que las ganas de pisar la tierra donde hace frío eran más grandes que cualquier otra cosa, y que lo único que le ayudaba a mantenerse en pie era la idea de que, luego de partir, cada hora que pasara estaría más cerca de su destino.
Así fue como este hombre de tez trigueña y ojos claros logró llegar a los Estados Unidos y conseguir lo que, según él, significa un buen trabajo para un migrante indocumentado: trabajar en construcción.
-Mi experiencia en construcción es al estilo americano, manejo la estructura que se implementa allá, que es muy, muy diferente a lo que se hace aquí, también aprendí inglés y tengo una gran capacitación técnica. – dice con un tono como de quien trata de convencer a un empleador.
Con un salario que rondaba los $750 a $800 semanales, este joven migrante asegura haber tenido una buena vida, no muy lujosa, pero sí con facilidades; sin embargo, la situación que califica como “tensa” por el riesgo constante de cometer un error y ser detenido por la policía no lo dejaba sentirse libre.
A los 13 años de vivir allá, Recinos dice haberse sentido agobiado, pues ya acumulaba varias esquelas por errar al conducir, por lo que un día, luego de cometer otra falta, fue enviado de nuevo a El Salvador.
-Primero te meten en una especie de bartolina, te esposan, te suben al avión y así venís, encadenado, durante todo el camino. Sí te dejan ir al baño, pero la mayoría mejor no va por el mal rato que podés pasar al ir sin poder mover las manos - asegura mientras viaja en recuerdos, tres meses después de retornar a su país.
Ahora, luego de ser deportado a sus 34 años de edad, Recinos intenta hacer una nueva vida, lo cual dice le implica una serie de problemas que no esperó, como el tener que adaptarse a un mercado laboral en el que ahora ganará $7 al día.
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Según datos de la Dirección General de Migración y Extranjería (DGME), solo entre 2012 y 2013 ingresaron 67,867 personas en calidad de deportados a El Salvador, de los cuales 41,591 lo hicieron por tierra y 26,276 vía terrestre.
Los repatriados que año con año llegan al país enfrentan la misma dificultad que Gerson Recinos, según lo explica César Ríos, el director ejecutivo del Instituto Salvadoreño del Migrante (INSAMI), quien actualmente impulsa un proyecto que busca abrir oportunidades a los repatriados para que puedan fundar su propia microempresa.
El proyecto llamado RENACERES es, según Ríos, un precedente en la sociedad salvadoreña, y se trata de luchar por la reinserción de los repatriados ante la estigmatización que la sociedad impone sobre los migrantes.
-De lo que se trata es de crear un proyecto cuyo objetivo es hacer ver al retornado no como una carga para la sociedad, no como un delincuente, sino como un socio estratégico para la economía nacional – asegura Ríos durante el acto de inauguración de RENACERES.
Según el director de INSAMI, los salvadoreños que regresan al país en calidad de deportados vienen con la capacidad técnica suficiente como para desempeñarse en buenos cargos en las empresas nacionales, o incluso para fundar su propia microempresa, pero actualmente los bancos no ofrecen las oportunidades necesarias para las personas que regresan sin un capital semilla.
- Nuestros estudios dicen que el 90% de los hermanos retornados, lo primero que hacen al regresar al país es pensar en cómo volver a los Estados Unidos, y ese pensamiento se debe en su mayoría a la falta de oportunidades – dice Ríos.
Lo que el director sostiene es que la falta de oportunidades a los repatriados se debe al estigma que se ha apoderado de la palabra “migrante”, lo que automáticamente los convierte en sospechosos o de poca confianza tanto para la sociedad civil como para las entidades crediticias.
-Para empezar, cuando la gente ve a alguien que viene deportado ya dicen “huy, ese viene deportado, a saber qué hizo allá, ha de ser un delincuente” y cuando llega a buscar trabajo, “ah, es deportado, a saber qué hizo”– dice este hombre de barba gruesa y voz grave mientras se dirige, desde el podio, a las cerca de cincuenta personas que presencian la inauguración del proyecto en un salón del hotel Hilton Princess, en San Salvador.
Ríos también asegura que parte de la carga de este estereotipo de delincuente que se ha formado en el imaginario colectivo respecto a los deportados se debe a las leyes de los Estados Unidos, ya que el hecho de que un salvadoreño, o cualquier extranjero, se haya cruzado un semáforo en rojo o haya virado a la izquierda en lugar de a la derecha en su vehículo es motivo de apertura de un expediente policial.
-En una ocasión, cuando fuimos a recibir a nuestros retornados, leímos el reporte del avión que traía a unos 157 hermanos; de esos, el reporte decía que el 40 por ciento tenían record criminal en los Estados Unidos. ¿Cuál fue la realidad luego de investigar? Que solo una persona tenía orden de detención, los demás se cruzaron la luz en rojo o cruzaron a la derecha en lugar de a la izquierda, los detuvieron y eso significa tener un record criminal. Eso no es justo – explica Ríos.
Como parte de la lucha contra la estigmatización, el director de INSAMI dice haber cambiado el uso de algunas palabras que pueden aportar a discriminar con el lenguaje a quienes regresan del extranjero. “Así como cambiamos el nombre de ´ilegal´ a ´indocumentado´, hoy estamos cambiando de ´deportado´ a ´retornado´”, dice.
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Además de Gerson Recinos, otros dos migrantes dan su testimonio durante la inauguración de RENACERES. Sentados, formando una media luna, interrogados por el director de INSAMI, al más puro estilo de programa de TV, cada uno de los retornados empieza a contar los problemas que encontró al regresar al país.
-A mí me han molestado mucho por los tatuajes que traigo –dice el primero–, la verdad es que así como hay salones de belleza aquí, así hay Tatoo Studios allá, en los Estados Unidos, donde la gente ve esto como arte, pero aquí ven como delincuente a quien tenga una decoración en su cuerpo– dice con un tono de indignado.
-Cuando uno viene con más de 14 años de estar fuera del país, aquí ya nadie se acuerda de uno, nadie confía en uno, entonces, cuando un banco le pide un fiador para poder darle un crédito ¿dónde lo va a conseguir uno? – refuerza el segundo retornado.
-Lo que pasa es que cuando uno se va del país lo ven como todo un héroe, como valiente, pero cuando regresa como deportado ya dicen que es pandillero – cierra Gerson Recinos, en un tono que sobrepasa lo indignado, casi como molesto.

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