Por Marco Teruggi, desde Caracas, Resumen Latinoamericano/ Notas/ 6 de Dic. 2016.-
En Argentina decir crisis es sinónimo de negocios quebrados, miles y miles de cartoneros, basuras como botines, ahorros perdidos, desocupación masiva, saqueos espontáneos y planificados, la pobreza -ese inmenso dolor- desparramada sobre ciudades, barriadas y montes, emigración de clases medias, el robo abierto de banqueros y políticos. También, para muchos, significa organización popular, ocupación de cada cosa posible de ser ocupada, piquetes, insurgencia de pobres, una trama colectiva extendida como urgencia y estrategia. Eso, para el sentido común nacional, parece ser, a trazo grueso, una crisis.
Quien desde Argentina imagine que la crisis venezolana se asemeja en algo a esas imágenes está equivocado. Un error que nace de la desinformación planificada por los monopolios de la comunicación, las campañas sostenidas para construir un relato acerca de la revolución que la asemeje a los peores escenarios. Venezuela sería una mezcla de 2001 argentino, peor aún, con un gobierno dictatorial, un país al borde del abismo humanitario.
Sucede sin embargo que quien llega a Venezuela se encuentra con otras imágenes. Es cierto que se forman colas en muchos supermercados para conseguir productos a precio regulado, que las farmacias contestan con más “no hay” que con “cómo no”, y otras escenas que hacen a la crisis. Ante eso, resulta imprescindible una pregunta: ¿por qué sucede? Lo que no va a ver, es a un ejército de carreros al caer la noche, restaurantes vacíos, persianas bajas con remates, las imágenes del hambre como sombras en las calles. Al contrario, hay centros comerciales llenos, teléfonos de última generación vendidos en precios exorbitantes, colas para comprar helados. Y más: playas llenas, cervezas frías, una vida que transcurre inestable pero lejos del fondo.
¿Menos abundante que antes? Seguro, se trata de un país petrolero que tuvo durante años un barril a un precio muy elevado que fue utilizado -entre otras cosas- para democratizar el consumo. Ya no es así, sería imposible que parte de las conquistas no estuvieran en retroceso.
La crisis, que existe, no se parece en nada a las imágenes sureñas de la palabra crisis. Se trata de un país petrolero -en proceso de transformación estructural- que llegó a este cuadro por inducción: la estrategia para quebrarle los tobillos al chavismo fue caotizar la economía.
Es bueno repetirlo una y mil veces, porque la causa de los hechos es indisociable de los hechos mismos. Es lo que los grandes medios y las derechas ocultan con minuciosidad. Pegan y esconden la mano para acusar al chavismo. Se trata de una crisis producto de un saboteo programado de la economía, que se apoya sobre burócratas, traidores y deudas productivas pendientes.
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La semana pasada fue ejemplificadora de la situación que se vive en el país. Tres hechos se desencadenaron uno tras otro. El primero fue el aumento diario del dólar ilegal paralelo; el segundo el intento por parte de los Gobiernos de Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay de sacar a Venezuela del Mercosur; y el tercero el saboteo informático que paralizó todo el sistema de compra por tarjetas durante 24 horas.
Tan solo el último hecho transformó a Caracas -punto de referencia político y vivencial- en un caos. Sin posibilidad de realizar transacciones con tarjeta, y con los días marcados por la dificultad de conseguir billetes debido a la pronta salida de los nuevos con montos más elevados, la ciudad se transformó en inmensas colas, zozobras y angustias. No era hambre lo que había: era imposibilidad de pagar lo que se quería consumir. Vuelta la normalidad del sistema, el consumo/consumismo regresó.
Trazar un puente entre el hambre de la crisis neoliberal de fin de los años ’90 y lo que se vive en Venezuela es de mala fe, ignorancia o mentira. Es un escenario complejo, donde circula mucho dinero. Duro, castigador para los más humildes, pero de inmensa distancia con la imagen de un país que vive infiernos, del cual se debe partir porque ya no se puede vivir.
Quienes se van son en su inmensa mayoría de clases medias altas, emigran a Miami -ciudad de un país en serio- y dejan tras de sí riquezas y dramas de ricos. Lo dicen ellos mismos: un periódico cuenta por ejemplo la tragedia de un hombre que abandonó su casa de 300 metros cuadrados, en la zona de clases altas de Caracas, sin poder venderla ya que quería cobrar en dólares y no logró su cometido. Ahora, dice el artículo, “los cuadros que adornan la pared de la sala ya no crean armonía”.
Los pobres en cambio no se fueron. ¿A dónde irse? ¿A qué irse?
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Existe sí una dimensión de la crisis compartida con el imaginario argentino: la organización popular para construir respuestas. Porque las necesidades producidas por la escasez y el aumento de precios son reales. Era de esperarse que ante eso el chavismo de base -ese inmenso tejido que recorre el país- se organizara para encontrar soluciones.
Hugo Chávez insistió desde el primer día en la necesidad de dar forma a la democracia participativa y protagónica, lo repitió cada vez que pudo, llamó a la gente a la tarea estratégica, propuso ante cada etapa histórica formas diferentes: Comités de Tierra Urbana, Mesas Técnicas de Agua, Misiones Sociales, Consejos Comunales, Comunas, etc. Donde existía una necesidad, había que organizarse.
Por eso el escenario se transformó para muchos en una posibilidad de encontrar nuevas formas, apoyarse y fortalecer lo existente, dar pie a experiencias con nuevas virtudes, como lo es la de no depender del financiamiento estatal. Porque es cierto que muchas de las experiencias fueron apoyadas económicamente por el Estado -de qué manera y con qué lógicas, amerita otro debate- y muchas organizaciones se fundaron con la dinámica de presentar proyectos en ministerios para recibir apoyos. Con una posibilidad material menor objetiva debido a la baja del petróleo, y una voluntad política por lo general ausente en la burocracia que puebla la institucionalidad, muchos dejaron de esperar del Estado y apostaron a la auto-organización. Un síntoma de la crisis, de su mejor costado.
Se podría hablar de un salto cualitativo, de la sentencia de Rodolfo Walsh acerca de que el pueblo comprende que cuenta únicamente consigo mismo. Aunque no sería justo: si bien no existe un gobierno, con excepción de algunos dirigentes, que haya tomado el proyecto de transición al socialismo como propio -y lo sabotea cada vez que puede- lo cierto es que la contradicción actual es una posibilidad para trabajar y avanzar. Existen puertas, cerraduras, ventanas por dónde entrar, oportunidades que construir y desarrollar en las instituciones, un campo inmenso en los territorios para construir los cimientos del Estado comunal.
El asunto es que Venezuela no es la cara del hambre, la sociedad que se deshace. El país es estos y muchos más debates, estas formas de intentar resolverlos. Es una extraña crisis, donde la vida se tambalea y sigue, no hay miles de pobres poblando el centro de la ciudad, los restaurants siguen llenos, y los que más jodidos se encuentran son los que por lo general más pelean. ¿Problemas? De a toneladas. Igual que los esfuerzos por salirse de ellos.
@Marco_Teruggi
Foto: Vicent Chanza
http://www.resumenlatinoamericano.org/2016/12/06/venezuela-la-extrana-crisis-venezolana/
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