18 septiembre 2019

46 años de orfandad, la "vida eterna" de Víctor Jara


La Marea


"Es ahora, cuando la extrema derecha se pasea por Estados Unidos, por América Latina, por Europa… que Víctor Jara, cuarenta y seis años después, debe ser eterno. Más que nunca", escribe el autor.


El nicho de Víctor Jara en el Cementerio General de Santiago. LION HIRTH / Licencia CC0

“Canto que mal que sales

cuando tengo que cantar espanto.

Espanto como el que vivo,

espanto como el que muero”

Estos fueron los últimos versos que alcanzó a escribir Víctor Jara en una desgajada libreta minutos antes de ser ejecutado el 16 de septiembre de 1973. Cinco días antes había comenzado el golpe de Estado del general Augusto Pinochet contra el Gobierno legítimo de Salvador Allende en Chile. El 12 de septiembre por la mañana, Victor Jara se encontraba en la Universidad Técnica del Estado cuando fue detenido junto a parte del profesorado y del alumnado. De allí fueron trasladados al Estadio Chile, ahora rebautizado como Estadio Víctor Jara.

En el lugar, convertido en una especie de campo de concentración para prisioneros afines a Allende, los golpistas reconocieron rápidamente a Jara. El cantautor se había convertido en un símbolo dentro y fuera de Chile. Era el compositor del bajo pueblo, el que le cantaba al viento de Miguel Hernández, a la lucha de la clase obrera, esa que siempre riega con su sangre las guerras. Víctor Jara le escribió a los campesinos a los que el sol la piel pone negra, a los que el sudor hace surcos, a sus padres. A los explotados que pierden la vida, a los que toito se lo han quitao. En definitiva, Víctor Jara escribió y cantó a quienes nunca nadie escribe y canta, a quienes no lucen en una canción. Y por eso mismo era tan peligroso para Pinochet y los suyos.

“¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!”, cuenta el abogado Boris Navia, también recluido, que gritó un oficial cuando vio a Jara en la fila dentro del estadio. “¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!”, repitió. “A ese huevón, ¡a ese!”, gritaba mientras señalaba al cantautor. “¡Che, tu madre! Vos sois el Víctor Jara huevón. El cantor marxista, ¡el cantor de pura mierda!”, cuenta Navia que le dijo para, acto seguido, comenzar a patear el cuerpo y la cara del compositor, que se protegía como podía. Todo ello, sin perder la sonrisa. Porque, según han contado los testigos, Víctor Jara jamás perdió la sonrisa. Un sonrisa de trinchera que había que defender de la miseria y los miserables, que diría Mario Benedetti.


https://www.rebelion.org/noticia.php?id=260564

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