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"A Franco lo veías venir pero la idiotez actúa en la sombra"


En un insólito ejercicio de librepensamiento, Ramón Reig publica "¡No me lo puedo creer!", treinta relatos para incitar a la rebeldía intelectual


El Correo de Andalucía

A los que llevan el discurso aprendido, este libro les va a doler. «He recurrido a la ironía y al sarcasmo, para no tener que morderme tanto la lengua», explica el periodista, profesor universitario y escritor Ramón Reig. «Quién me iba a decir a mí que después de luchar contra Franco iban a quedar los franquitos que ven insultos por todas partes. A Franco lo veías venir pero la idiotez actúa en la sombra porque es consciente de su mediocridad y lo que le interesa es no perder la silla». Reig se refiere a su nueva obra, titulada ¡No me lo puedo creer!, una treintena de relatos inverosímiles publicados con la editorial Samarcanda que comienzan con una masturbación y acaban con el fin de Occidente. Más o menos, una metáfora de la vida adulta que se diría más triste que gamberra; porque aunque esté escrita desde la socarronería pura, todo el libro es a decir verdad un tratado sobre la idiotez. O una incitación a la rebeldía intelectual, cosas ambas que tienen toda la pinta de estar perseguidas por la ley.

El libro se pregona, y con razón, como un intento de «hacer pensar entreteniendo», «dirigido en especial a jóvenes y ciudadanos librepensadores, sin prejuicios y permeables al sentido del humor que tanto proliferaba en el llamado Siglo de Oro de las letras ibéricas y que tanto hemos perdido en la actualidad». Para conformar el elenco de sus relatos, Reig no ha reparado en gastos: Dios, Mahoma, Abraham, la Muerte, un meteorito que amenaza a la Tierra y hasta la mismísima Virgen María ansiosa por conseguir que cierto exitoso hombre de negocios ejemplar y temeroso de Dios, la haga mujer ya de una vez para poder conocer ese otro estado de gracia divina.

«El libro acaba de salir y ese relato sobre la Virgen que quiere ser mujer además de Virgen me parece respetuoso aunque sé que a otros les parecerá un sacrilegio», comenta el autor. «Pero ruego que se lea con mente abierta y hasta el final. No soy partidario de ofender a nadie pero tampoco de callarme porque alguien carezca de sentido de la tolerancia. Y, claro, como librepensador que soy, también Mahoma está en el libro pero no creo ofenderlo y las personas que se ofendan, ¿no creen que me ofenden a mí con eso de ofenderse y estimulan al odio contra mí? A mí me han educado y me educan en algunas ocasiones –desde el colegio y la comunicación de masas– para odiar (a los moros, a los comunistas, a los ateos...) y no odio a nadie, me limito a escribir, todos los días me ofenden muchas personas desde los medios de comunicación pero estimo que se están expresando, cuando me pregunten daré yo mi opinión y punto pero aquí nos gusta más judicializar, destruir y hacer la guerra civil para que al final el escritor y el pensador callen y reine la paz de los cementerios».

El problema de un librepensador –Reig o cualquier otro– es que la mitad de las cosas que podría decir y el 80 por ciento de las que podría pensar serían delito hoy en España. «Ese artículo 510 del código penal es un cajón de sastre porque cualquiera puede denunciarte por incitar al odio. Evidentemente, no todo vale en la vida pero la creación en general y el conocimiento o son transgresores o sirven menos a la especie humana. Con la legislación penal actual ya estarían imputados Freud por decir que el niño pequeño tiene actividad sexual, Nietzsche y Schopenhauer por sus opiniones sobre la mujer, algunos ilustrados del XVIII por hablar de la supremacía blanca...», dice el profesor. «El hecho de que no comulgues con ciertas cuestiones no te convierte en inductor al odio porque entonces mi madre –que en paz descanse– era una xenófoba porque me decía que tuviera cuidado con los gitanos de mi barrio y además añadía que el tendero de la esquina era un judío porque si podía cobraba de más. Ella expresaba lo que experimentaba y me estaba protegiendo, ¿qué sabía ella de xenofobia ni de racismo? Lo que no se puede hacer es, para defender otras culturas o a poblaciones de riesgo, tirar por tierra y enterrar la cultura propia, eso es de memos».

Reig está, pues, razonablemente indispuesto con el pensamiento único. «Sí, no se puede pasar de la dureza e intolerancia franquista a la ramplonería de hoy», se justifica. «Casi todo está invadido por un pensamiento débil que exige sentir vergüenza para sostener principios que la gente cree incorrectos. El resultado final es la espiral del silencio, el triunfo de la mediocridad, la eterna duda y la huida hacia multitud de actividades que sirven de escape. Lo mío es un desahogo y un decir me queda la palabra, ya tengo pocas esperanzas de que se pueda hacer algo, el mundo va hacia el totalitarismo absoluto del mercado y su ideología. Sin embargo, no estamos preparando para eso a los menores y jóvenes, los educamos desde las nubes, desde la mentira».

Para un ser inquieto y lúcido, las opciones se reducen: o piensas o te suicidas, entendiendo por suicidio la aniquilación del espíritu, rendido a las tiránicas verdades oficiales. Uno de los personajes de sus relatos, el profesor Cojonciano, expresa en algún momento su pesar por no haber sido carne de membrillo en lata, para pasar por la vida sin sentirla. «Yo soy más de Nietzsche», repone el autor: «La vida es apasionante, hay que sufrirla, sentirla y ser humano, demasiado humano».








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