Un agónico triunfo oficialista - Periódico Alternativo

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11 abril 2017

Un agónico triunfo oficialista


Brecha

El oficialista Lenín Moreno ganó las elecciones presidenciales con estrecho margen, tras una campaña electoral poco apasionante. El sucesor de Rafael Correa enfrenta el desafío de reactivar la economía y responder a los pedidos de regeneración democrática.


Artículo publicado en Revista Brecha / Uruguay
 
En la tarde del martes 4 de abril, 48 horas después del cierre de las urnas, el Consejo Nacional Electoral declaraba oficialmente y de forma “irreversible” al candidato oficialista Lenín Moreno como nuevo presidente electo de Ecuador. 

El poco margen con que alcanzó su victoria el oficialismo –menos de 230 mil votos en un país con 12,8 millones de electores– le permitió a la oposición conservadora desarrollar una campaña declarando como fraudulentos los resultados de la elección. Su lógica es agudizar la polarización social existente, en la búsqueda de escenarios similares a los ya conocidos en Venezuela. 

Mientras los seguidores de Alianza Pais celebraban durante la noche del martes, frente a su sede en Quito, el agónico triunfo de su candidato, a una distancia de apenas diez cuadras la oposición se concentraba por tercer día consecutivo intentando rodear las instalaciones del Consejo Nacional Electoral. 
Si entendemos el liderazgo político como una transferencia de entusiasmo hacia las masas respecto de un proyecto de sociedad, ideas o el rumbo que debe tomar un país, cabe indicar que durante esta segunda vuelta ninguno de los dos candidatos fue capaz de demostrar dicha vocación. 

Ambos cumplieron con reglas básicas del manualillo más barato existente en las librerías de técnica política para hacer campañas electorales: ambas candidaturas prometieron cuanto más mejor a los electores y explicaron lo menos posible sobre cómo lograrían cumplir dichos compromisos. Usando medios de comunicación que tienen profundas limitaciones profesionales y un claro sesgo partidista que se divide en función de su carácter público o privado, se evadieron los temas más polémicos de la campaña mediante la negación y la acusación al contrario. Temáticas como la escasa liquidez del Estado, las estrategias para atraer inversión extranjera o dinamizar la inversión nacional, las políticas destinadas al fomento y dignificación del empleo, así como cuáles eran las diferencias reales entre los distintos planes anticrisis, y sobre las espaldas de qué estrato social recaería el peso de éstos, quedaron indefinidas en el marco de la generalidad y las vaguedades discursivas. 

Estos comicios no significaron un enfrentamiento entre dos modelos de gestión económica y social claramente diferenciados, sino que funcionaron más bien como un termómetro que midió el nivel de agotamiento de un régimen de marcado perfil personalista que se ha ido deteriorando junto con la situación económica, y permitieron percibir sus carencias éticas. 

El conservador Guillermo Lasso se limitó en esta segunda vuelta a intentar sumar el voto de los restantes partidos políticos apeados de esta competencia tras la primera cita en las urnas, y cuyos líderes le brindaron públicamente su apoyo. Por su parte, la estrategia oficialista remarcó las contradicciones dentro de esta nueva gran alianza opositora, aludió al riesgo de la tan cacareada vuelta al pasado y a la falta de legitimidad de un rival involucrado en la gestión de anteriores nefastos gobiernos neoliberales, y denunció sus affaires en distintos paraísos fiscales. 

Agotamiento 

En términos de comunicación estratégica y de marketing político, Alianza País se caracterizó durante esta década por haber desarrollado una narrativa exitosa basada en el antagonismo de lo plebeyo frente a sus elites. Sin embargo, en la presente campaña ese discurso careció de la efectividad del pasado, mostrando signos de agotamiento tan evidentes como los del mismo régimen que lo puso en marcha. 

En el estricto marco de la aritmética electoral, Alianza País recibió en la primera vuelta –dato representativo de la identificación de la sociedad con sus partidos políticos– tan sólo 28,91 por ciento de los votos, frente al 42,13 por ciento recibido en las últimas presidenciales. Es más, ni siquiera en la segunda vuelta el partido de gobierno alcanzó los resultados logrados en 2013, pese a que 1,3 millones de ciudadanos más le prestaron su apoyo para evitar el triunfo conservador. Estos resultados demuestran el estado de deterioro del régimen correísta. 
Luces y sombras ha tenido la gestión del presidente Correa durante la última década, pero es un hecho indiscutible que Lenín Moreno recibirá un país en una coyuntura económica muy delicada. 

Desafíos 

Ecuador tendrá dificultades para afrontar a corto plazo las obligaciones derivadas de la agresiva política de endeudamiento público que ha caracterizado los últimos años del gobierno. Política que ha resultado en que se esté desembolsando más en los servicios de deuda que en inversión en salud y educación. De igual manera, la economía nacional sigue mostrando escaso dinamismo tras cerrar el pasado año en recesión, no visualizándose signos de recuperación en el consumo interno en lo que va del año. Las reservas del Banco Central en este momento son insuficientes para cubrir los pasivos a corto plazo y, fruto de la contracción económica, la recaudación de impuestos tampoco se recupera tras el bajón sufrido a partir de 2015, momento en que se agudizaron los efectos en la economía nacional de la caída del precio del petróleo. Cabe señalar también que la sociedad ecuatoriana vive momentos de deterioro en su capacidad adquisitiva, consecuencia –entre otras cosas– de que apenas cuatro de cada diez trabajadores tienen acceso a un “empleo adecuado” (con un salario que alcance o supere el mínimo establecido de 375 dólares). 

En el ámbito de lo institucional, la falta de independencia entre los distintos poderes del Estado y la aparición de múltiples casos de corrupción vinculados a altos funcionarios públicos están generando un crescendo de deslegitimación del sistema. Es precisamente sobre ese hecho que la oposición conservadora articula su actual campaña de desprestigio del Consejo Nacional Electoral, en teoría el órgano rector de la democracia en el país. 
Por último, la tendencia autoritaria del actual gobierno se ha ido incrementando con el paso del tiempo, lo cual ha dejado un saldo hasta ahora de aproximadamente 850 activistas judicializados por la justicia por distintas acciones de protesta social. 

Vicepresidente 

Lenín Moreno adquirió protagonismo nacional al ejercer como vicepresidente de la República durante los seis primeros años de mandato de Rafael Correa. 

Durante ese período desarrolló con éxito la Misión Solidaria Manuela Espejo y el Programa Joaquín Gallegos Lara. La primera está destinada a censar y atender a las personas que sufren algún tipo de discapacidad, y el segundo dota de una asignación económica a las personas con discapacidad severa para que puedan cubrir la atención de sus cuidados. Ambos proyectos gubernamentales marcaron un hito en el país, pues era la primera vez que desde la cúpula gubernamental se prestaba atención a un sector históricamente tan olvidado. Que un hombre que se movilizaba en silla de ruedas ocupara el segundo puesto del escalafón del Estado y se preocupara por esa franja vulnerable de la sociedad generó entre la población una amplia simpatía sobre la que posteriormente se articularía su candidatura presidencial. 

Durante su período de gestión, y a diferencia del resto del gabinete correísta, Moreno fue capaz de marcar puntuales diferencias respecto de Rafael Correa, como en su relación con los medios de comunicación privados o con diversos actores políticos contrarios al régimen. 

Los éxitos de la gestión de Moreno lo llevaron a las Naciones Unidas, donde fue nombrado por Ban Ki-moon como su enviado especial en discapacidad y accesibilidad. Esto le permitió estar fuera de Ecuador desde finales de 2013 hasta poco antes del inicio de la campaña electoral, precisamente el momento de mayor desgaste político vivido por el régimen. 

La Puja 

Una vez descartada la postulación presidencial de Correa, dentro de Alianza Pais se abrió la lucha por el “delfinazgo”, que terminó con la oficialización de la candidatura presidencial de Moreno a inicios de octubre. Todo ello no sin resistencias internas y la imposición –siempre negada– de su compañero de fórmula, Jorge Glas, acusado de corrupción desde diferentes esferas, lo que le trajo más problemas que apoyo electoral. 

Las facciones de Alianza País que han apoyado la candidatura de Lenín Moreno durante la puja de poder interno y posteriormente durante su campaña electoral no responden estrictamente a su liderazgo. El carácter ponderado de Moreno, su estilo dialogante y su estancia fuera del país durante los últimos dos años no permitieron que su figura lidere grupúsculo alguno en una organización política de escaso funcionamiento democrático y donde las decisiones del partido han venido hasta ahora definidas por el fuerte liderazgo de Rafael Correa. 

A diferencia de otros aspirantes a la candidatura presidencial oficialista, Moreno ni siquiera forma parte de los 22 miembros que componen la directiva nacional de Alianza País, y no ha cumplido funciones orgánicas dentro del partido. Cabe señalar a este respecto que las direcciones de Alianza País nunca han sido orgánicamente votadas por la militancia del partido, sino respaldadas a mano alzada en diferentes convenciones nacionales por sus delegados territoriales tras la presentación de listas únicas por parte del presidente Rafael Correa. Todo ello sin actas congresuales, propuestas programáticas alternativas, debate interno alguno o conformación de corrientes y/o tendencias diferenciadas. Alianza País se construyó en torno a un líder que ya no lo será, y está por verse la evolución de esta organización política. 

La oficialización de la candidatura de Moreno en la última convención nacional puso en marcha una maquinaria electoral donde la cúpula del partido trabajó intensamente en favor de su campaña. Con excepción del candidato presidencial, fueron las mismas figuras políticas de siempre las que asumieron las funciones en el buró de campaña, lo cual no permite visualizar si habrá cambios significativos en el futuro gobierno. 

Descorreización 

Más allá de eso, son múltiples las voces en torno a Moreno que hablan de la necesidad de “descorreización” del Estado, de que el nuevo gobierno rompa con el estilo heredado e intente significar más cambio que continuidad. 
En paralelo, el discurso de Moreno a lo largo de la campaña electoral se ha caracterizado por llamar al diálogo a sectores que inicialmente apoyaron o formaron parte de la alianza correísta, pero que con el paso del tiempo y las derivas del régimen tomaron posiciones críticas. “Tengo mi mano tendida para quien la quiera tomar”, fue quizás la frase más relevante y repetida por Moreno durante su campaña. Esto ha generado expectativas de un cambio de estilo en su futuro gobierno, especialmente en sectores disidentes que fueron catalogados por Rafael Correa como traidores. En el ámbito de los movimientos sociales, especialmente entre los sectores más represaliados, existe también cierta expectativa de que puedan gestionarse de forma diferente los conflictos entre Estado y sociedad. 

En el ámbito económico, durante la campaña electoral Moreno habló de la necesidad de un gran pacto entre el Estado y sectores del capital privado, para dinamizar la producción y el empleo hoy estancados. Esta formulación causa preocupación en las anquilosadas estructuras sindicales que aún subsisten en el país, pues la patronal basa sus condiciones de diálogo en la necesidad de reducir sus costos de producción y flexibilizar aún más el mercado laboral. En un país donde la carga fiscal sobre las elites económicas apenas alcanza el 3 por ciento, son estos sectores los que exigen que sean las y los trabajadores quienes asuman sobre sus espaldas el peso de la salida de la crisis. 

Difícil regeneración 

Lenín Moreno debería proceder con un proceso de regeneración democrática en el ámbito de la institucionalidad, que en principio aparece como poco creíble para amplios segmentos de ésta. Todas y cada una de las instituciones del Estado han ido quedando en entredicho por su dependencia y cercanía con el partido oficialista, y requieren, para su adecuado funcionamiento, un marco de independencia y/o autonomía respecto del Poder Ejecutivo. Por poner tan sólo unos ejemplos: los vocales del Consejo Nacional Electoral tienen vínculos y en algunos casos hasta carné del partido de gobierno; el fiscal general del Estado es un familiar de Correa; el presidente del Consejo de la Judicatura ejerció como secretario personal del mandatario…, y así podríamos seguir enumerando una larga lista de desencuentros entre la ética y las funciones del Estado. Sin cambios en este sentido, difícilmente será creíble la tan anunciada lucha contra la corrupción planteada por Moreno, y menos aún factible soldar la fractura social que atraviesa la sociedad ecuatoriana. 

Es de suponer que la estrategia política conservadora se concentrará en agudizar la actual polarización social, buscando acumular las fuerzas de la derecha para la próxima disputa electoral: en 2019 habrá elecciones seccionales. No está en la estrategia del candidato opositor reconocer los resultados electorales, sino que el gobierno investido sea considerado como ilegítimo por una parte importante de la ciudadanía. 

Moreno tendrá también que lidiar con las presiones internas de los sectores correístas aferrados al anillo de poder heredado, un establishment político que ha gozado de privilegiadas relaciones con grandes grupos del capital nacional y extranjero y que será poco permeable a la transición política aperturista que el nuevo gobierno pretende poner en marcha. 

Los retos de Lenín Moreno y su futuro gobierno son muchos, ya no sólo por las estrategias opositoras de desestabilización, sino por las resistencias internas ante una necesaria transición hacia un modelo de gobierno superador de aquello que nació bajo el liderazgo de Rafael Correa y que se eclipsa a la par de su figura. 

Decio Machado fue asesor del Presidente Rafael Correa durante sus primeros dos años y medios de gestión; es miembro fundador del periódico Diagonal y director de la Fundación Aldhea.


https://www.rebelion.org/noticia.php?id=225178


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