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Está bueno ya de culpas


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Hacía mucho tiempo que Elsa y yo no nos encontrábamos. Mantenemos ese tipo de amistad intermitente, que permite que dos personas conserven el afecto, la simpatía que se profesan uno al otro, aunque se vean una vez al año. Y Elsa y yo nos conocimos en la residencia estudiantil universitaria de 3ra y F. Ella estudiaba Derecho; yo, Letras. Como suele decir, “tenemos historia y prehistoria”.

El tema principal sobre el que debíamos ponernos al día eran los nietos. Elsa acumula cuatro, yo he llegado a dos. Pero eso a lo que llamamos “la cosa”, como una liebre (o como una rana), salta cuando menos lo esperamos, se cuela en cualquier espacio y termina por dominarnos. Nuestro diálogo fue derivando del precio de los pañales desechables al desabastecimiento de las tiendas, y de ahí, quién sabe cómo, a las recientes y reiteradas entrevistas concedidas por Mariela Castro a diferentes medios, donde le preguntan por el próximo presidente de Cuba… y ya Elsa y yo estábamos metidos en lo inevitable. Porque faltan nueve meses (“El tiempo de un embarazo”, dijo ella) para que Cuba tenga un nuevo presidente.

“Y no sabemos nada”, me dijo: “Ni siquiera quiénes son o serán los posibles candidatos”. “Mariela Castro asegura que ella está observando a varios, que todos, como seres humanos que son, tienen virtudes y defectos. Pero yo quisiera saber a quiénes ella observa. ¿Tú tienes idea?”, pregunté, “porque a mí no se me ocurren muchos nombres”. “En estos momentos, allá”, la mano de Elsa señaló un sitio impreciso por encima del cine Riviera, “puede estar pasando cualquier cosa”. “A lo mejor el silencio significa que todavía no hay nada definido”, apunté.

“Se está hablando de una nueva Ley Electoral”, dije. “¿Y no te parece que cualquier cosa, por mínima que sea, que vaya a cambiar en esa Ley es un problema sobre el que todos tenemos derecho a opinar?”, contestó.

Habíamos decidido irnos a algún lugar acogedor y caminábamos por la calle 23, hacia H.

“¿Qué tú cambiarías de la Ley Electoral?”, pregunté. Ella comenzó a usar el lenguaje de su profesión: “El sistema electoral cubano se define en la Constitución. La Ley y otras resoluciones regulan los procedimientos”. Traté de que fuera al grano: “Olvídate de la Constitución, que de lo que se está hablando ahora es de la Ley Electoral, ¿qué te parece esencial o urgente modificar?”. “Por lo menos, la manera como se eligen los miembros de las asambleas provinciales y los diputados”. Estuvimos de acuerdo, como casi siempre. “Lo que hacemos es aprobar los candidatos, no elegirlos”, dijimos casi a dúo. Se elige cuando se opta por A o B. Ahora votamos para que A y B alcancen los votos necesarios para ingresar a las asambleas provinciales o al parlamento.

Como soy curioso, antes de escribir estas páginas me dediqué a buscar en Internet la Ley Electoral. En La Gaceta Oficial di con la número 72, de 1992, firmada por Juan Escalona Reguera. Lo desconcertante para mí fue que en el sitio web de la Asamblea Nacional del Poder Popular la que está es la 37, de 1982, con la rúbrica de Flavio Bravo Pardo. En la más actual, los delegados a las asambleas provinciales y los diputados se eligen de forma directa. En la anterior eran elegidos respectivamente por las asambleas municipales y las provinciales. Uno tropieza con errores que pueden ser reveladores.

Regreso a mi conversación con Elsa. Habíamos llegado a un café cuyas terrazas se abren a 23. Nos ubicamos cerca de la calle y en la mesa de al lado, un grupo de jóvenes se divertía a su manera. Un celular pasaba de mano en mano, y sonreían, celebraban.

“Se está perdiendo un tiempo que va a ser muy difícil recuperar”, dije.

Elsa se acercó a mí, en plan confidencial: “En estos días varias amigas, revolucionarias de toda la vida, me han dicho: ‘Yo quisiera poder votar por el próximo presidente de Cuba’”.

“Tampoco creo que la reforma electoral vaya por ahí”, dije. “Ni yo”, contestó: “Y eso es constitucional. Pero me conformaría con conocer quiénes son nuestros presidenciables y, lo más importante, saber qué piensan. Qué piensan de verdad, ¿me entiendes?” Sé que esa es una de sus obsesiones desde que dirigentes de los partidos comunistas de Europa del este encabezaron la restauración del capitalismo en sus países.

“Tú y yo”, me dijo Elsa, “tenemos un sentido de la disciplina, del compromiso, que no podemos quitarnos de encima”. “Está en los genes”, dije. “Así mismo. Pero ellos”, y señaló para la mesa vecina, “¿tú crees que van a respetar a alguien, y seguirlo, solo porque lo elijan desde arriba?” Los jóvenes parecían felices, es decir, cumplían con su deber de ser jóvenes. “¿Y te parece que ellos se preocupan por estos temas? ¿Que les preocupa quién va a presidir su país?”, me preguntó. “No te pongas esquemática y maternal”, le dije, “que hay indiferentes de cualquier edad, y jóvenes lúcidos y con ganas de participar. Pero si a los jóvenes no les inquietara todo esto, no sería culpa de ellos, sino de nosotros”.

Elsa saltó en su silla y estuvo a punto de derramar el té que aún no había probado. “Está bueno ya de culpas. Ni una más, ¿me oíste bien? De eso, no soy yo la culpable”, dijo. Levanté las manos como si me estuviera apuntando con una pistola. “Ni tú tampoco”, remató. Sacó de su taza la bolsita de té verde y se echó hacia atrás en su silla.

Quedamos callados por un rato, pero me importaba no perder el curso de la conversación. Probé a tomar otro rumbo: “Lo que sí, a partir del año que viene va a ser más fácil diferenciar lo que ha estado mezclado”.

Fue Elsa quien quedó confundida.

“Tener más claro que la nación no es lo mismo que el sistema político, que el sistema no es equivalente al Estado, que no es lo mismo el Estado que el gobierno”.

Su mirada me dijo que empezaba a comprender.

“En este caso, sobre todo el gobierno”, dijo: “Yo quisiera alguna vez poder criticar al gobierno sin que me confundan con los que quieren el capitalismo para Cuba”.

Elsa y yo siempre nos hemos comprendido muy bien. “La enorme mayoría de los que se oponen a Trump no quieren derrumbar el capitalismo en los Estados Unidos”, dije, para impulsarla. En mi taza apenas quedaba una gota de café, y pedí la cuenta. “Yo invito”, advertí.

Elsa no tenía ninguna intención de que nos fuéramos de allí. “El día en que incluso podamos oponernos a un gobierno cubano porque sea inepto o corrupto, sin que nadie nos acuse de ser anexionistas o de estar manipulados por ‘el enemigo’, ese día seremos más fuertes y más libres”.

“¿Quiénes?”, le pregunté. “¿Cómo que quiénes?”. “Sí, ¿qué quieres decir con ‘podamos’, ‘seremos’…?”.

Se echó a reír: “Tú y yo, por lo menos, ¿no?”.





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