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“La crisis de régimen es la crisis de la sociedad del empleo”


Entrevista a Jorge Moruno, sociólogo y autor de La fábrica del emprendedor


CTXT


Jorge Moruno (Madrid, 1982) se autodefine habitualmente en función de su formación y praxis como sociólogo y escritor, delimitando así una identidad para enumerar después una serie de trabajos encadenados, señalando incluso la condición temporal de parado, lo que constituye una primera declaración de intenciones de quien ha sido, hasta hace poco, responsable del área de Discurso en Podemos. En esta ocasión vamos a dejar al margen las vicisitudes cotidianas de “la política” para preguntarle por las complejas implicaciones entre el mundo del trabajo y “lo político”, a raíz de la reciente presentación en la librería-café La Otra (Valladolid) de su libro La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa-mundo (Akal, 2015). La ideología del trabajo y sus dinámicas culturales nos afectan a todos diariamente condicionando nuestra existencia, pero pocas veces son repensadas y subvertidas tal y como este libro propone, situando la lucha por el tiempo en un primer plano.

Se refiere a la figura del emprendedor neoliberal como heredera del viejo héroe modernista quien, habiendo traspasado el umbral de la posmodernidad, proyecta ahora su positivismo ilimitado no ya hacia la transformación del entorno, sino en la construcción de sí mismo, autoexplotándose en el proceso.

“Creo que la figura socializada del emprendedor no explica nada, más bien necesita ser explicada. Hay que entenderla no por su significado intrínseco, sino por el que adquiere dentro de un conjunto de relaciones sociales y transformación de la propia naturaleza del trabajo. Ante el derrumbe de las certidumbres forjadas en torno a la identidad laboral del empleo se desplaza el riesgo y la responsabilidad a cada individuo, que debe hacer de su capacidad de empleabilidad una premisa frente a un mercado de trabajo competitivo. Se eliminan el contexto y las posibilidades que tiene una sociedad para modificarlo, asumiendo entonces que cada uno de nosotros nos convertimos en accionistas de nuestra propia fuerza de trabajo y como tal debemos comportarnos. Es el ser humano universalmente disponible a las necesidades motivadas por la rentabilidad económica, esto es, un tiempo orgánico, humano, obligado a funcionar al ritmo que exige el tiempo financiero haciendo de nuestras vidas un proceso de reconversión industrial continuo.

Ahora bien, muchos de los elementos y cualidades que utiliza la épica empresarial son adaptaciones de reivindicaciones y formas de vida que por sí mismas no describen la racionalidad neoliberal. La idea de autonomía, o de tener iniciativa, de voluntad por cambiar, por emanciparse, no son en sí mismas desechables, lo es el modo de relaciones sociales de producción y dominación en el que están insertos. Lenin definía el capitalismo como “el aplastamiento inauditamente feroz del espíritu emprendedor, de la energía, de la iniciativa audaz de la masa de la población, de su inmensa mayoría, del 99 por 100 de los trabajadores”.

¿Cabe oponer a estas cooptaciones reaccionarias de la modernidad otras opuestas, como la condición de clase o su proyección utópica?

Frente a esta ofensiva que sustituye los derechos colectivos por servicios privados y concibe los derechos laborales como un tope, se vislumbran otras posibilidades. Es necesario repensar el trabajo más allá del empleo desde otra racionalidad, una que contemple la utilidad de otro modo más allá de la utilidad como beneficio económico, que entienda que la noción de actividad no siempre es sinónimo de trabajo remunerado, que conciba la existencia de otra forma de riqueza no basada en el gasto de tiempo humano: el paso del derecho al trabajo al derecho al bienestar. Otra racionalidad drena y cambia la vida cotidiana cuando la sociedad se mueve en defensa de su propio derecho problematizando la realidad; transformándola. Está tensión genera nuevas prácticas, nuevas formas de relacionarse y producir, nuevos modos de vida psíquicos que permiten otra convivencia basada en un reparto más democrático del tiempo.

Un proyecto democrático se diseña desde una lógica que incluya el trabajo remunerado pero lo exceda como forma de acceso a los medios de vida. La dignidad que suele asociarse al trabajo es el reconocimiento social por la actividad y la sensación de ser útiles, no-parados. Lo que debemos salvaguardar es la necesidad de reconocimiento y de sentirse útil junto con la necesidad de obtener un ingreso estable y suficiente. Insistir en que el trabajo remunerado es la única forma de concebir la actividad, de mediar en la sociedad y el único modo de obtener reconocimiento, es insistir en el mismo esquema del pleno empleo. La crisis de régimen es la crisis de la sociedad del empleo; la batalla política de nuestra época pasa por definir la forma, el sentido, la escala y las prioridades de un nuevo concepto de ciudadanía y de identidad, toda vez que la identidad forjada en el centro de trabajo está en retroceso.

Establece una transición en la subjetividad “del proletario al propietario” a lo largo del siglo XX. "No queremos una España de proletarios sino de propietarios”, dijo José Luis Arrese, ministro de Vivienda e ideólogo franquista, en el homenaje que le rindieron los agentes de la propiedad inmobiliaria en 1959, momento fundacional de la economía de la deuda en nuestro país. Sorprende la naturalidad con la que el imaginario colectivo ha aceptado el intercambio mercantil con un bien básico como la vivienda.

En un reciente texto publicado en CTXT, su autor, Isidro López, traza rigurosamente la genealogía del modelo del ladrillo español insertado en la UE, basado en hacer de España un sumidero especulativo centrado en la vivienda y ligado al turismo de masas y las consecuentes inversiones en infraestructuras. Esta versión española del capitalismo popular abanderado por Thatcher tiene su correlato cultural, y es ahí donde también debemos buscar los efectos ideológicos que hacen desaparecer el cuestionamiento sobre algo tan obvio: ¿cómo es posible que el acceso a dormir bajo un techo esté determinado por una relación mercantil? Levantar todo este complejo inmobiliario y turístico fue el papel asignado a España en Europa, para que hiciera de cuenco donde volcar el superávit comercial de los países del norte. La idea de la clase media se ha sostenido sobre el acceso a la propiedad como principal ascensor de movilidad social; ha sido el imaginario del propietario lo que ha articulado las aspiraciones no neoliberales, en clave neoliberal. Haríamos muy mal si la crítica fuera una crítica, a mi juicio aristocrática, pendiente de regañar y recordar al resto lo alienado que está, en lugar de tratar de entender cómo se ha hecho de un bien básico, como es la vivienda, el motor de dinamización económica e ideológica.

Desde una perspectiva transformadora la finalidad no es perpetuarse y mucho menos realizarse como proletariado, al contrario, es autoabolirse; sin proletariado no hay capitalismo. Un proyecto emancipador para dejar de ser aquello que tienen que ser: obreros. El neoliberalismo articuló ese deseo por ser otra cosa desde el imaginario del propietario, otorgando –en apariencia-- respuestas y certidumbres, perspectivas y percepción de ascenso social. El horizonte de la sociedad de las clases medias parece haberse cerrado, en su descomposición está lo que André Gorz entendía como las miserias del presente y la riqueza de lo posible.

En paralelo al uso de la violencia, relata la aplicación histórica de la pedagogía para explicar el éxito de las migraciones masivas desde el campo a la ciudad en los inicios de la industrialización. Técnicas biopolíticas que han ido evolucionando hasta llegar al coaching contemporáneo para la automotivación y el control emocional.

La industria de la motivación se expande extendiendo el mantra de la autosuperación y el desarrollo personal, e invade casi todas las facetas de nuestra vida; no se reduce a sesiones personalizadas, más bien funciona como una pauta cultural que hace las veces de dominio político sobre la fuerza de trabajo. Lo vemos en las películas, lo vemos en los reality shows tipo El jefe infiltrado o Pesadilla en la cocina, lo vemos en las técnicas de gestión de recursos humanos, o en los spots publicitarios. Aparece en lo más imperceptible; por ejemplo, con la idea de “gente tóxica” que se usa tan comúnmente para catalogar a un tipo de persona. Se evalúan y catalogan las relaciones con otras personas dependiendo de si son “sanas” o “tóxicas”, desde una perspectiva concreta, la misma que se deshacía de los “activos tóxicos” financieros en 2008; antes de la crisis la palabra “tóxico” no estaba tan extendida en la sociedad.

Tóxico no es simplemente una “persona inaguantable”, abarca todo modo de comportamiento que ponga en duda el modo en que funcionan las cosas. La misión de tu vida es tener éxito; nada puede impedir conseguir tus sueños; ni mala noticias ni gente que pone excusas. Cada día es el último y debes lucharlo como si no hubiera mañana, deshazte de todo lo que te estorba, suelta lastre. En un panorama laboral disperso, fragmentado e intermitente, sometido a una intensidad relacional y comunicativa asfixiante, siempre al borde del precipicio, la ideología de la motivación, junto con el consumo de psicofármacos, hace hoy la función de lo que ayer era el capataz que vigilaba el movimiento de trabajo en la fábrica. Hoy ya no es un latigazo de un negrero, tampoco la libreta del capataz, hoy es tu propio deseo acoplado al deseo del capital, que, junto con el miedo –y la deuda-- a quedarse atrás y solo, coloniza 24/7 a la mente colectiva.

“La flecha del tiempo que ofrecía al trabajador forjar un carácter y planear sus metas de vida a medio y largo plazo se ha quebrado”. Este punto de no retorno señalado por Sennett, junto al alto porcentaje de jóvenes sobrecualificados que ven cómo sus condiciones de vida se proletarizan progresivamente, ¿deviene un nuevo sujeto revolucionario?

Creo que es un error pensar en una especie de traducción mecánica entre el lugar que se ocupa en las relaciones de producción y la condición revolucionaria, pues la clase se forma, no se “engendra”, y no es una cosa, sino una red de relaciones sociales complejas, y algunas de ellas tienen que ver con aspectos poco identificados con lo que suele pensarse propio de la “clase”. En cualquier caso, esa situación de flecha quebrada, de incapacidad de prever acciones a futuro y verse obligado a vivir en un presente continuo, es una condición a organizar, no para volver al pasado sino para abordar las nuevas composiciones de deseos de liberación en ausencia de recetas o manuales.

La rotura generacional gana visibilidad día a día. En Estudios del malestar, José Luis Pardo ironiza sobre una generación -la nuestra- que, ante la falta de empleo, busca forjar su identidad dedicándose a la transformación activa del mundo. Pardo reflexiona sobre una foto fija de la democracia liberal, sostenida en un Estado de bienestar que en el sur de Europa ha derivado en una ficción colectiva apoyada en la deuda ¿No hay alternativa?

Creo que la situación que vivimos es parecida a la que interpreta Althusser en Maquiavelo, cuando el príncipe debe lanzarse a una aventura para fundar el nuevo principado; la obligación de afrontar una realidad sin las herramientas para hacerlo. Ante la glorificación de un cosmopolitismo obnubilado por la mundialización de la economía y el repliegue que mistifica el papel histórico del Estado-nación, ¿qué opciones quedan? ¿Cómo afrontar la dimensión europea cuando la UE se ha pensado para evitar el control democrático? Cambiar España pasa por cambiar Europa y para eso, también es fundamental forzar un rediseño integral de Europa impulsado desde una alianza de países. Ahora bien, esto precisa de procesos de movilización ideológica y de subjetivación colectiva a todas las escalas y en distintas latitudes. ¿Hasta dónde podemos pensar la alternativa? La necesaria introducción transversal de los límites medioambientales y energéticos, entre muchas otras cosas, obliga no solo a frenar a las fuerzas reaccionarias que surgen en Europa, sino, sobre todo, a las razones y racionalidad políticas y económicas que los cultivan.

“Dos tendencias históricas pujan por dominar el tiempo: renta básica o empleabilidad. Una vez más, democracia o barbarie”. Una de las voluntades del libro es repensar la praxis del bienestar en el siglo XXI, y para ello propone como herramienta fundamental la renta básica (RB).

Entiendo la renta básica no como una política fetiche, sino más bien como la columna vertebral de un nuevo núcleo económico de la hegemonía democrática. Lo que está en discusión es el modo en el que se distribuye, se vive y el sentido y uso que adopta el tiempo; o cómo un tiempo humano eternamente disponible a las exigencias del tiempo empresarial, un tiempo precario totalmente subordinado a un ingreso cada vez más bajo y una seguridad menor, es decir, un tiempo sometido al deseo de otro, o por el contrario, una temporalidad autónoma, social y colectiva, donde la vida ocupa la centralidad que rige los tiempos en lugar de su total dependencia respecto del beneficio económico. A partir de este elemento que aúna política y economía, como es el tiempo, adquiere sentido la renta básica como mecanismo que permite ampliar la autonomía social.

¿Cómo evitar un desarrollo reaccionario de la RB como el que ha planeado sobre el último Foro de Davos?

Algunas críticas liberales a la renta básica y algunas críticas de la izquierda tradicional comparten su reticencia a la emancipación de la clase sobre el trabajo. Los primeros porque se rompe “la cooperación de mercado”, dado que la actividad queda menos sujeta a los baremos de la utilidad entendida como beneficio económico de un tercero, y los segundos porque acaban haciendo del objeto de la crítica de Marx, el trabajo en el capitalismo, su principal defensa. Ahora bien, ciertamente asusta la vertiente “anarcocapitalista” de la renta básica basada en una especie de utopía de regulación algorítmica tipo Black Mirror, donde nos evaluamos a través de nuestra capacidad empresarial de vendernos. Esa confianza ciega en la tecnología, Silicon Valley la presenta como ordenador natural de la convivencia, como un desarrollo neutro y determinista.

Vista así, la renta básica se adapta a una mediación social donde el trabajo-mercancía en su forma celularizada y atomizada, se mueve tratando de capturar con éxito la información del mercado. El trabajador se convierte así en su propio medio; son los juegos del hambre revestidos de eslóganes similares a los de Mayo del 68' aderezados con lenguaje de coaching. La batalla de la renta básica es, como siempre, una batalla por el dominio y el sentido del tiempo. Frente a esta posible deriva ultraliberal que sustituye derechos por un cheque, no debe rechazarse la apuesta por la renta básica, sino redoblar esfuerzos. El gran escollo a sortear no es tanto de cuentas como cultural. ¿Qué es la ideología? Vivir de las rentas por alquilar pisos es considerado fruto del esfuerzo, un éxito, pero la renta básica promueve la vagancia, es inmoral. Las últimas décadas la sociedad ha funcionado alrededor de una premisa profundamente ideológica: poner todas las facilidades y medios para incentivar los beneficios empresariales (y financieros) y confiar en que la inversión privada acabe drenando a la sociedad en forma de empleo. Ahora debemos invertir el proceso: la inteligencia es una potencia social y se desarrolla cooperando y con tiempo.








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