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Capitalismo de compinches en la Florida –y más allá




MIAMI. Jeff Atwater, director financiero de la Florida, renunció recientemente. La dimisión del contralor del estado no sería normalmente una gran noticia. ¿Qué porcentaje de floridanos ha oído hablar de Jeff Atwater o sabe lo que hace el director financiero del estado? Resulta que la historia del trabajo de Atwater y sus últimos pensamientos, reportados en The Miami Herald (2 de julio), es más interesante de lo que parece.

El trabajo de Atwater era velar por los $83 mil millones que el estado gasta cada año. Su desafío no era sólo descubrir dónde va todo, esa es la parte fácil en comparación con el resto. El desafío más duro era asegurarse de que el proceso por el cual el dinero fue asignado era honesto, justo y abierto. Lo que Atwater tenía que decir al partir deja claro que esto era una “Misión: Imposible”. Las implicaciones de eso son importantes para los ciudadanos de la Florida y representan una lección para los otros 49 estados y el gobierno federal.

Comenzaré con un hecho básico. A estas alturas, en este estado, la privatización ha sido salvaje. El gobierno de la Florida, básicamente, ha sido entregado a los negocios. La prueba más clara de que esto es un hecho y no noticias falsas es que este año el estado contratará a los negocios más de $60 mil millones de los $83 mil millones que gastará. Eso significa que las empresas privadas realizan casi las tres cuartas partes (72 por ciento) del trabajo del estado.

Es un bonito plan para entregar una gran parte de lo que el público paga al estado en impuestos a un número relativamente pequeño de contratistas privados que se benefician ricamente y operan bajo un conjunto muy relajado de controles estatales. El resultado es el capitalismo de compinches. Es una fórmula para el fraude, el derroche, el abuso y la corrupción –en otras palabras, el conjunto idéntico de males que los privatizadores y los políticos usan para calumniar al gobierno, asumir sus funciones y beneficiarse del dinero público.

Atwater intentó reducir algunos de los peores abusos de este status quo intrínsecamente incorregible introduciendo una dosis de transparencia. Pero como exlegislador estatal, que sabía de primera mano lo fácil que era para los legisladores insertar en las facturas cláusulas especiales para favorecer a los clientes, debió haber sabido que estaba luchando contra molinos de viento.

El enorme papel que desempeñan los contratistas privados en el desempeño del trabajo de este estado y de otros –y cada vez más el del gobierno federal– se ha vendido como la forma de llevar al gobierno hasta el nivel supuestamente alto de eficiencia de los negocios. En su lugar, en esencia el estado permite que sus contratistas hagan lo que les plazca, pagando más por menos, poniendo así la mentira al argumento de la eficiencia.

Según el Herald, el estado:
no obliga a los proveedores a rendir cuentas por los servicios que acordaron proporcionar;
permite a los contratistas cobrar por cosas no incluidas en las ofertas;
no recupera los daños cuando el vendedor no completa una tarea correctamente o a tiempo;
renueva los contratos cuando un proveedor fracasa.

Pero nada de esto sucede por la presunta ineficacia del gobierno. En cambio, refleja el funcionamiento eficiente de un sistema corrupto. Como Atwater explicó, cuando el estado fracasa en obligar a un contratista a reconocer su incumplimiento: “No hay que ir muy lejos para rastrear eso hasta un cabildero que tenía un cliente”.

El Herald describió a Atwater como el “perro guardián financiero” del estado. Pero había tantas restricciones acerca de lo que Atwater podía hacer y tantas formas de darle la vuelta que, como perro guardián, era más un pomerania que un pastor alemán. No es de extrañar que, al salir del gobierno, Atwater suene como un reformador frustrado.

El tipo de cosas a las que se enfrentó Atwater son omnipresentes en la Florida y tienen efectos perversos. La legislatura de este año obligará a los distritos de escuelas públicas a entregar su escaso dinero a escuelas autónomas, las cuales se administran en forma privada. Apuesto a que eso se puede rastrear a uno o más grupos de presión. ¿Eficiencia? Este año las escuelas públicas de Miami-Dade superaron a las escuelas charter.

Este modelo de capitalismo de compinche, corrupto e ineficiente, es exactamente lo que el presidente Donald Trump quiere usar si alguna vez se decide a poner en práctica ese enorme proyecto de infraestructura que prometió durante la campaña. Eso está en consonancia con el celo ideológico de Trump y de los republicanos para redistribuir los ingresos hacia arriba, por ejemplo, mediante el uso de dólares que se pagan por la atención médica vital para los pobres con el fin de conceder un gran recorte fiscal a millonarios y multimillonarios.

Si alguna vez se pone en práctica, el plan de infraestructura de Trump convertiría el dinero pagado por el público por medio de impuestos –para hacer cosas como construir carreteras– en ganancias para contratistas que cobrarán de más por construirlas y luego le cobrarán al público una tarifa por usarlas. Es el esquema arquetípico republicano: al público lo clavan por ambos lados y es todo ganancia para los especuladores.

Que esta manera de gobernar se ha vuelto tan predominante, desde la residencia del gobernador a la Casa Blanca, parece desconcertante en un país que se supone es una democracia. ¿Por qué no expulsamos a los pícaros? Se han escrito volúmenes sobre esta cuestión y se escribirán muchos más. Tal vez los ultrajes de la era Trump harán que más estadounidenses se den cuenta de hasta dónde este país se ha alejado de la democracia –y se rebelen.

Puede estar empezando a suceder. Los excesos ideológicos de la extrema derecha gobernante podrían movilizar a todos los demás contra ellos. Es una buena señal cuando, en el fin de semana del 4 de julio, dedicado a celebrar la democracia y la independencia, comer perros calientes y beber cerveza, los manifestantes salieron a las calles para exigir el enjuiciamiento de Trump.





https://www.rebelion.org/noticia.php?id=228865


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