Por Richard Ruíz Julién
Addis Abeba, 7 nov (PL) No parecía tener más de 12 años; estaba sentado en el suelo, recostado a la baranda del Teatro Nacional de Etiopía, en el corazón de esta capital, junto a otros niños de la calle.
Addis Abeba, 7 nov (PL) No parecía tener más de 12 años; estaba sentado en el suelo, recostado a la baranda del Teatro Nacional de Etiopía, en el corazón de esta capital, junto a otros niños de la calle.
Se acercó a mí y a mi amigo y comenzó a seguirnos. Nos pidió dinero y se frotó la barriga para indicar que tenía hambre. Le ofrecimos comprarle comida, pero él no estaba tan entusiasmado con eso.
Prefirió seguir abogando por algunas monedas. Mientras tanto, tomó un sorbo de una botella de plástico metida dentro de su sudadera.
Ambos comprendimos que estaba oliendo pegamento, un adhesivo de secado industrial. En esa área, es común ver que los pequeños abusan del solvente destinado a la reparación y tapicería de zapatos.
De todos modos, insistimos en nuestra oferta de traerle algo de alimento; había un comerciante que vendía sambusa (una pasta triangular rellena) en la esquina lateral.
Cuando le extendimos una, se mostró firme en su negativa y una conversación franca se produjo: finalmente reconocía con un brillo en sus ojos que de hecho quería el dinero para comprar el producto.
Nos mostró el remanente del frasco en sus manos. 'Mira, se acabó. Necesito otro.
Aseguró que su nombre era Bereket y que había venido de la región sur. No tenía padre ni madre, y por eso terminó en las calles de Addis Abeba.
Sentí la lucha que estaba teniendo para pronunciar las palabras. Habló con lentitud y solo dio respuestas breves y concisas. Estaba impaciente por agarrar lo que le diéramos y marcharse. Le temblaban las manos y la cabeza. Dicen que los adictos a esa sustancia a menudo se comportan así.
Al igual que Bereket, en esta urbe etíope cada vez es más usual ver a los menores en las avenidas inhalando el pegamento.
En intersecciones concurridas y áreas más céntricas, como el Cine Ambassador, la Iglesia Estifnaos, el Estadio, la Plaza de México, Piassa, Mercato y varias otras calles de la ciudad, es muy frecuente encontrarles, sujetando la botella, para perderse en los efectos alucinógenos del adhesivo.
La gran mayoría de ellos tienen entre 10 y 20 años y aunque casi todos son del sexo masculino, también se puede encontrar alguna que otra chica.
Suplican a los transeúntes, o limpian los zapatos a cambio de las pequeñas sumas que necesitan para comprar un tubo.
Algunos hasta optan por el robo. La vida para ellos gira en torno a la mendicidad con el fin de obtener lo que necesitan para drogarse. Se lanzan al tráfico para tocar las ventanas de los autos atrapados, que los ven como una molestia.
Muchos explican su uso como un intento de protegerse del hambre incesante y el frío.
Sileshi es uno de ellos. 'Cuando huelo pegamento, no quiero comer, no lo necesito', comentó, su adicción comenzó hace un par de años y desde entonces todos los días reza para obtener la cantidad que le llevará a comprarlo.
Cuando no recibe lo suficiente para adquirirlo, sus amigos comparten, hasta que tenga suerte con las limosnas y sea su turno de retribuirles.
'Estamos cerca el uno del otro y hay una complicidad entre nosotros', subrayó.
Después de oler, entran en un mundo diferente, son transportados al reino extranjero, aseguran. No tienen miedo de una paliza policial, ni siquiera sienten la frialdad del piso de piedra y concreto en el que pasan la madrugada, ni el aire húmedo de la noche.
La pobreza severa, el aumento del costo de la vida y el desempleo están haciendo que los niños terminen viviendo a la intemperie, puntualizó a Prensa Latina el investigador del Centro de Estudios Estratégicos, Solomon Mebratu.
Se adhieren a los hábitos de inhalación porque son más baratos que otras alternativas.
Las autoridades son muy conscientes del problema, pero la falta de iniciativa para el cambio y el poco ímpetu en el terreno para resolver el desafío garantizan que el ciclo de oferta y demanda no se rompa, detalló Mebratu.
Para ser justos, hay muchos intentos de planes de creación de empleo para vendedores ambulantes informales. Pero los niños de la calle y los jóvenes no están incluidos, manifestó.
Solo quedan para valerse por sí mismos. Las drogas que hacen soportable su existencia también acortan su vida. Los usuarios habituales son propensos a problemas de salud mental y física, como la neumonía.
Para salvar a una generación, es necesario un aumento en los programas de concientización y prevención, provisión de empleos, viviendas asequibles e instalaciones para el deporte y la recreación, esquemas de seguridad social, además de la mejora de la educación, concluyó el analista.
agp/rrj
Prefirió seguir abogando por algunas monedas. Mientras tanto, tomó un sorbo de una botella de plástico metida dentro de su sudadera.
Ambos comprendimos que estaba oliendo pegamento, un adhesivo de secado industrial. En esa área, es común ver que los pequeños abusan del solvente destinado a la reparación y tapicería de zapatos.
De todos modos, insistimos en nuestra oferta de traerle algo de alimento; había un comerciante que vendía sambusa (una pasta triangular rellena) en la esquina lateral.
Cuando le extendimos una, se mostró firme en su negativa y una conversación franca se produjo: finalmente reconocía con un brillo en sus ojos que de hecho quería el dinero para comprar el producto.
Nos mostró el remanente del frasco en sus manos. 'Mira, se acabó. Necesito otro.
Aseguró que su nombre era Bereket y que había venido de la región sur. No tenía padre ni madre, y por eso terminó en las calles de Addis Abeba.
Sentí la lucha que estaba teniendo para pronunciar las palabras. Habló con lentitud y solo dio respuestas breves y concisas. Estaba impaciente por agarrar lo que le diéramos y marcharse. Le temblaban las manos y la cabeza. Dicen que los adictos a esa sustancia a menudo se comportan así.
Al igual que Bereket, en esta urbe etíope cada vez es más usual ver a los menores en las avenidas inhalando el pegamento.
En intersecciones concurridas y áreas más céntricas, como el Cine Ambassador, la Iglesia Estifnaos, el Estadio, la Plaza de México, Piassa, Mercato y varias otras calles de la ciudad, es muy frecuente encontrarles, sujetando la botella, para perderse en los efectos alucinógenos del adhesivo.
La gran mayoría de ellos tienen entre 10 y 20 años y aunque casi todos son del sexo masculino, también se puede encontrar alguna que otra chica.
Suplican a los transeúntes, o limpian los zapatos a cambio de las pequeñas sumas que necesitan para comprar un tubo.
Algunos hasta optan por el robo. La vida para ellos gira en torno a la mendicidad con el fin de obtener lo que necesitan para drogarse. Se lanzan al tráfico para tocar las ventanas de los autos atrapados, que los ven como una molestia.
Muchos explican su uso como un intento de protegerse del hambre incesante y el frío.
Sileshi es uno de ellos. 'Cuando huelo pegamento, no quiero comer, no lo necesito', comentó, su adicción comenzó hace un par de años y desde entonces todos los días reza para obtener la cantidad que le llevará a comprarlo.
Cuando no recibe lo suficiente para adquirirlo, sus amigos comparten, hasta que tenga suerte con las limosnas y sea su turno de retribuirles.
'Estamos cerca el uno del otro y hay una complicidad entre nosotros', subrayó.
Después de oler, entran en un mundo diferente, son transportados al reino extranjero, aseguran. No tienen miedo de una paliza policial, ni siquiera sienten la frialdad del piso de piedra y concreto en el que pasan la madrugada, ni el aire húmedo de la noche.
La pobreza severa, el aumento del costo de la vida y el desempleo están haciendo que los niños terminen viviendo a la intemperie, puntualizó a Prensa Latina el investigador del Centro de Estudios Estratégicos, Solomon Mebratu.
Se adhieren a los hábitos de inhalación porque son más baratos que otras alternativas.
Las autoridades son muy conscientes del problema, pero la falta de iniciativa para el cambio y el poco ímpetu en el terreno para resolver el desafío garantizan que el ciclo de oferta y demanda no se rompa, detalló Mebratu.
Para ser justos, hay muchos intentos de planes de creación de empleo para vendedores ambulantes informales. Pero los niños de la calle y los jóvenes no están incluidos, manifestó.
Solo quedan para valerse por sí mismos. Las drogas que hacen soportable su existencia también acortan su vida. Los usuarios habituales son propensos a problemas de salud mental y física, como la neumonía.
Para salvar a una generación, es necesario un aumento en los programas de concientización y prevención, provisión de empleos, viviendas asequibles e instalaciones para el deporte y la recreación, esquemas de seguridad social, además de la mejora de la educación, concluyó el analista.
agp/rrj
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