Libération
Setenta años después del congreso constitutivo de la Asociación Internacional de Sociología (ISA), es necesario avanzar en la apertura de la sociología, especialmente en los países no occidentales.
En 1995, el Reporte de la Comisión Gulbenkian conducida por Immanuel Wallerstein -recientemente finado el pasado 31 de agosto- nos proponía “abrir las ciencias sociales” repensando las condiciones de la interdisciplinariedad y la clásica distinción entre ciencias sociales y ciencias naturales. Sin embargo, el llamado para aceptar el carácter situado -occidental- de la herencia sociológica y para superar la oposición simplista entre universal y particular se mantiene todavía evocadora. Incluso, presidentes de la Asociación Internacional de Sociología (ISA) como Michel Wieviorka o Michael Burawoy, han abogado a favor de un pensamiento sociológico más global y con apoyo a las diferentes sociologías nacionales. Siete décadas después del congreso de Oslo (septiembre de 1949), el congreso constituyente del ISA, parece posible y deseado de ir todavía más lejos de la dirección de apertura de la sociología, sobre todo, en tres direcciones específicas:
En primer lugar, es más que necesario abrir los ojos de una gran mayoría de sociólogos de los países occidentales -y no solamente ellos- sobre la dimensión mundial de una corriente de ideas y de una disciplina que, incluso en el cambio del siglo XX, no se limitaba solo a los Estados Unidos de Norteamérica, al Reino Unido, a Francia o a Alemania. Como resultado de la apropiación de los trabajos de Comte o de Spencer, los cursos, las revistas, los autores que se reivindicaban como sociólogos estaban presentes en Colombia, Venezuela, Argentina, Rusia, Japón o China. Incluso hoy, el conocimiento que tenemos de esta historia -y de esas historias- está plena de lagunas, como la manera en la que nos damos cuenta, en tanto que profesores, del pasado y del presente de la disciplina en Latinoamérica, en Asia, en Europa central y oriental, en el mundo árabe, en África subsahariana y en Oceanía.
La enseñanza de la disciplina, por lo general, limitó la historia de la sociología a la historia de las teorías sociológicas. Los vínculos históricos entre el desarrollo de las ciencias sociales y la expansión del colonialismo europeo y norteamericano impusieron una división internacional del trabajo epistémico en la que el trabajo teórico es la prerrogativa del Centro y, por tanto, de Occidente; la lista de autores considerados como “clásicos” que deberían de ser leídos por los estudiantes de sociología es casi igual en todos los países y no comprende que a los hombres occidentales. La apertura del canon debe interesar a los sociólogos y sociólogas que provienen de países no-occidentales los cuales han producido trabajos teóricos/epistemológicos y/o empíricos de gran calado (Alberto Guerreiro Ramos, Ari Sitas, Orlando Fals Borda, Irawati Karve, Akinsola Akiwowo, Fatima Mernissi, Fei Xiaotong, Anouar Abdel-Malek, Ali ElKinz o Tsurumi Kazuko por citar algunos). Debe abarcar a aquellas y a aquellos que, en los países occidentales, sufrieron la ley de la canonización generizada y racializada (Harriet Martineau, W.E.B. Du Bois, Marianne Weber o Jane Addams). Esta apertura no tiene como objetivo el de remplazar un canon por un contra canon, ni tampoco la de extender hasta el infinito la lista de autores y autoras que deben conocer los estudiantes: simplemente intenta ofrecer una imagen históricamente justa del nacimiento de la sociología, pero también, de la de estimular la dinámica de relaciones de poder (geográfico, racial, de género) en el corazón de la constitución y evoluciones disciplinarias.
Interrogar la historia de la sociología y la constitución del canon implica abrir el sentido de lo universal. Tanto la búsqueda de leyes generales de la evolución social y la voluntad de calcar la sociología sobre las ciencias naturales como el eurocentrismo de los teóricos clásicos frecuentemente ha conducido a hacer confundir dos formas de universalismo: la búsqueda positivista de conceptos trans-históricos y trans-espaciales y el postulado de una ciencia social para la cual la producción del saber estaría desconectada de las disposiciones culturales y sociales de los productores del saber. Siguiendo dicho postulado, ¡el conocimiento sociólogo no podría explicarse y comprenderse sociológicamente! Por consiguiente, renunciar a esta forma de universalismo a favor de la idea de que la producción del saber siempre es situada no conduce a la proclamación de un relativismo absoluto, sino a la transformación del status de la universalidad. Lo universal no siempre esta allí, sino que siempre es un producto histórico de luchas por la definición de aquello que es la sociología. Por tanto, puede ser pensado y conceptualizado -quizás más bajo el término de universalidad que el de universal- en la tensión entre lo general y lo particular, entre lo global y lo local. La universalidad siempre se está construyendo, en los debates, en el combate, en el diálogo, hoy y para mañana.
Stéphane Dufoix es profesor de Sociología en la Universidad Paris-Nanterre y miembro del Instituto universitario de Francia.
Sari Hanafi es profesor de Sociología en la Universidad Americana de Beirut y presidente la Asociación Internacional de Sociología.
Traducción de Luis Martínez Andrade.
https://www.rebelion.org/noticia.php?id=260527
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