Ete es el primer número de la revista Casa de las Américas que Roberto Fernández Retamar no alcanzará a ver. Resulta difícil imaginar que nunca volveremos a contar con su capacidad de convocatoria y de diálogo, que ya no dispondremos de su sabiduría y su cultura infinitas, ni de su vocación a toda prueba, su pasión encendida y su aguzado sentido crítico. No contaremos con sus microscópicas y enrevesadas anotaciones al margen, esas que acompañaron miles y miles de páginas de colaboraciones, leídas minuciosamente por él a lo largo de casi cincuenta y cinco años. Es mucho lo que nos falta ahora que Retamar no está. Pero es mucho más lo que le deja a la Casa de las Américas toda y a esta revista en particular, después de dirigirla durante más de doscientos cincuenta números. Cuando Haydee Santamaría lo invitó a encabezarla en 1965, nuestra publicación ya había ido ganando un espacio notable entre sus homólogas del Continente, contaba con colaboradores de primera línea y con algunos números sobresalientes. Pero desde aquel número 30 en que Retamar comenzó a dirigirla, la revista se fue consolidando –y gracias en primer lugar a él–, como punto de referencia y uno de los medios más leídos e influyentes entre la intelectualidad de izquierda del Continente.
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