
Por María del Carmen Garcés, Resumen Latinoamericano 7 de febrero de 2022
Compartimos un fragmento del ensayo de María del Carmen Garcés: Domitila Chungara revolucionaria boliviana. Garcés se refiere a una larga entrevista con Domitila antes de morir, que se convirtió en su libro: Domitila Chungara: una vida en lucha
Diez mil trabajadores mineros era la fuerza laboral de Siglo XX en 1967, año del estallido de la guerrilla comandada por el Che en el sudeste de Bolivia. Es en este contexto histórico interno (condiciones extremas de explotación y miseria que exigían organización y unidad para la lucha por la defensa de derechos elementales de vida de los trabajadores mineros y de sus familias) y externo (época del despertar de la conciencia política y revolucionaria en África, Asía, América Latina, América del Norte), es que surge Domitila Chungara y su influencia en la vida social, cultural y política no solo de Bolivia, sino de América Latina y el mundo.
La vida de Domitila es uno de los mejores ejemplos que nos presenta la historia de toma de conciencia a partir de las condiciones extremas que le tocó vivir y de la educación en los valores de clase del proletariado minero –de origen quechua y aymara– de solidaridad y de necesidad de lucha organizada que recibió de su padre (Ezequiel Barrios, minero expulsado de Siglo XX a Pulacayo por sus posiciones revolucionarias) y de dirigentes como Federico Escobar y Gerónima de Romero (fundadora del Comité de Amas de Casa de Siglo XX).
Domitila llega pequeñita a Pulacayo desterrada, junto a su padre y madre, de la mina Siglo XX. El grupo familiar enfrenta, sin ningún elemento de supervivencia, esas alturas inhóspitas de temperaturas glaciales de 20 grados bajo cero y es acogido por una señora de buen corazón, indígena y mujer de minero, que les da un rincón en el comedor de la pulpería.
Fue esta misma señora la que les proveyó de frazadas y les brindó alimentación. Como ella preparaba el desayuno de los mineros muy temprano, padre, madre y niña tenían que levantarse a las cuatro de la madrugada y esperar el amanecer acurrucados en un rincón. Vienen luego los primeros trabajos del padre como sastre, la posibilidad de tener una vivienda, la leve mejoría en las condiciones precarias de vida de la familia, pero llegan también los profundos motivos de sufrimiento y de toma de conciencia de Domitila:
Nace la segunda hermana, y en el nacimiento de la tercera –por cesárea– se produce el hecho trágico de la muerte de la madre por una infección provocada por negligente práctica al dejarle los médicos gasas dentro de su cuerpo: infección y dolores indecibles sufrió la madre antes de morir en presencia de la niña de diez años.
Domitila reniega entonces de su condición femenina pues tiene el firme convencimiento de que su madre ha muerto por haber nacido mujer: eso le dicen las vecinas en el entierro, conminándoles a que se mueran ellas también pues las mujeres no servimos para nada, solo servimos para sufrir. E interviene nuevamente el instinto pedagógico del padre que explica con palabras sencillas y ejemplos claros a ella y a su hermanita que las mujeres tenemos cualidades y que somos importantes en la comunidad. Pero la vida debía continuar y esta niña de diez años, que acababa de perder a la madre, se tiene que hacer cargo de cuidar y criar al bebé huérfano.
Son las monjas las que le enseñan cómo hacerlo, pero ella quiere aprender e insiste en ir a la escuela. Una profesora consciente le permite asistir con la hermanita bebé a sus clases. A los pocos meses, hay cambio de docente y la nueva maestra no es comprensiva y echa a la niña y al bebé del aula de clases. La niña insiste en su afán de ir a la escuela a pesar de los ruegos del padre para que esperara unos años hasta que su hermanita estuviera más grande.
La solución que encuentran es tallar un hueco en la pared de adobe de la vivienda para hacer un corral en el que estuviera la niñita, que ya estaba gateando, hasta que Domitila vaya a la escuela. Por acuerdos con la profesora, podía salir cada hora para ir a las carreras a ver cómo estaba la niña en su corral. Nuevamente la tragedia: una mañana el bebé sale del corral y gatea hasta la basura y empieza a ingerir comida mezclada con carbón: muere por intoxicación con altísimas fiebres y fuertes dolores.
La auto inculpación de Domitila de que por su egoísmo de querer aprender ha muerto la hermanita le lleva al padre a hablarle de explotación, de injusticia y condiciones de vida; de que no había culpa de ella, individual, sino una responsabilidad social porque fueron las condiciones de mala atención –discriminación– lo que provocó la muerte de la madre. Comienzan así sus primeras reflexiones, sus primeros pasos en la toma de conciencia. Hasta que se casa muy joven y vuelve a Siglo XX. A esa mina centro del movimiento político y revolucionario de Bolivia en la década del sesenta.
No es si no muchos años después de su llegada y ya siendo madre de tres hijos, que Domitila se involucra en la lucha del Comité de Amas de Casa de Siglo XX. El desprestigio injusto de las mujeres del Comité de Amas de Casa (que se habían organizado por la necesidad de defender desde el peso correcto en la venta de las provisiones en las pulperías controladas por los dueños de las minas, hasta a sus maridos tomados prisioneros, torturados y muchas veces asesinados) hace que su marido, René Chungara, también minero, se oponga ferozmente a la participación de ella en el Comité. Oposición que concluye después de una tenaz huelga de quehaceres domésticos que le hizo Domitila para que René recapacitara y se diera cuenta de la necesidad de su participación en la lucha y de todo lo que ella hacía y aportaba al hogar.
En esos días de extrema confrontación familiar, en que incluso sufrió insultos y golpes, Domitila tiene un encuentro fortuito con Federico Escobar, gran dirigente revolucionario de Siglo XX. Él le dice que no podía permitir que su marido la pegara de esa manera, que iba a intervenir, explicándole a Domitila ciertos aspectos básicos de la necesidad del respeto a sus decisiones por parte del marido. Poco a poco, el Comité de Amas de Casa logra el respeto y apoyo de las mujeres y de los hombres pobladores del centro minero, sobre todo por esa constante e inteligente participación en cuanta lucha fuera necesaria para defender los derechos de vida de los mineros, sus mujeres e hijos.
Viene tiempo después la toma de rehenes norteamericanos, la decisiva y valiente intervención de las mujeres del Comité de Amas de Casa para salvarlos de un seguro linchamiento. La negociación y vigilancia, en que participan ya como una pareja unida en la lucha Domitila y René, junto a sus hijitos: porque si tenemos que morir es mejor que muramos todos juntos, nosotros no tenemos nada que perder, le dice sabiamente René a su mujer, frases que nos hacen recordar las ideas desarrolladas por Karl Marx con relación al origen del carácter revolucionario del proletariado: que es una clase que no tiene nada que perder, sino todo por ganar…
Fiel a su origen y educación nacional –quechua-aymara– y a su origen y educación de clase –proletariado minero–, Domitila no claudica a la hora de expresar sus ideas, radicalizar sus posiciones o dar pasos decisivos como la organización de la huelga de hambre que iniciaron cuatro mujeres de Siglo XX y a la que pronto se uniría el pueblo en general, huelga de hambre que logró el derrocamiento de la dictadura de Hugo Banzer.
Al mismo tiempo, su persona cobra relevancia nacional e internacional hasta convertirse en un referente en la lucha revolucionaria contra las dictaduras impuestas en la década del setenta y ochenta. Persecución, cárcel, confinamiento en Los Yungas, abortos a causa de golpizas por parte de los represores, muerte de compañeros fueron una constante en la vida de Domitila una vez que se entregó a la lucha revolucionaria. Acercarnos a su vida, a su lucha, a sus ideas y a la vida, lucha e ideas de sus compañeras del Comité de Amas de Casa y de sus compañeros mineros nos ayuda a dilucidar el caótico periodo actual en los distintos lugares geográficos en donde nos encontremos.
Escuchemos a Domitila:
“Se habla de quinientos años, desde Bartolina Sisa, pero este siglo pasado, en el siglo XX, ¿quiénes han luchado? No estaba ahí Bartolina Sisa, hemos sido nosotros… Este momento que se está viviendo en Bolivia, es la herencia que nosotros hemos dejado, la lucha de los mineros, la lucha de las Amas de Casa… Me alegra tanta mujer con sus derechos, los cambios que ha habido. Pero para nosotros no ha sido fácil. Teníamos primero que vencer nuestros miedos, vencer a la familia, vencer al qué dirá la gente, vencer a las suegras, a los mismos hijos, los esposos y los dirigentes que no querían que la mujer participe. Pero pese a eso nos hemos impuesto, hemos hecho ver nuestra razón, hemos impuesto la participación de la mujer… Nosotros hemos perdido nuestros hijos. Yo he perdido mi primer hijo en la cárcel después de la guerrilla; el segundo hijo he perdido ahí perseguida en las minas, mi gemelo; el otro, en el 79… Hemos tenido nuestros muertos, nuestros heridos.
Y al final han tenido que quitarnos todo medio de vida, expulsándonos de nuestras fuentes de trabajo… Tiene que haber participación, tiene que haber militancia política, tiene que haber formación política… Además, nuestra lucha es de clases: hay una clase que explota, una clase que se aprovecha, y una clase explotada. Y la mayoría estamos así explotados, el campesino sin tierras, el obrero explotado… Ahorita el imperialismo, escudándose en defensor de la Democracia, un gran demócrata, está asesinando a los pueblos de Irak, de Libia, de Afganistán… La palabra Democracia se utiliza para robar al pueblo, para asesinar al pueblo… Está sirviendo para que ellos, los imperialistas, se enriquezcan más, para que controlen nuestros recursos.
Eso nos demuestra que el enemigo va a seguir siendo sanguinario, y con la ayuda de los medios de comunicación que nos presenta una realidad que no es… Por eso yo pienso que todos los pueblos debemos prepararnos militarmente pero no solos. Si todos los pueblos nos levantamos, no nos va a vencer el enemigo…
En la entrevista que se convirtió en su biografía, Domitila se despide alertándonos; llamándonos a la unidad, al desarrollo de la conciencia. Fiel a sí misma, a su clase, a su origen indígena, Domitila nos habla para hacer escuchar la voz de millones de hombres y, sobre todo, mujeres latinoamericanas sin voz.
Nota completa de María del Carmen Garcés y la revista Apuntes Críticos
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