
Por Kapok, Resumen Latinoamericano 14 de mayo de 2023
“Tiiiiiime is on my side”, canta Mick Jagger en un 4×4 mientras atravieso la nada. Arboles quemados perfilan una carretera recta in saecula saeculorum, con algún que otro canguro muerto al lado de los carriles que interrumpe la monotonía desértica de ríos secos e insectos suicidas que pintan el parabrisas de manchas abstractas, vida o muerte.
El tiempo está de mi lado, ahora que se ha parado Kelly a recogerme al cruce perdido fuera de Bremer Bay y me ofrece un pasaje hasta Norseman. Solo en ese cruce he llegado a entender la importancia de ponerse la mano en frente de la boca cuando bostezas; no para una cuestión de respeto hacia los exiguos coches que pasan, sino para evitar una invasión de moscas en el esófago. Ronzan por todos lados y hacen imposible vivir, respirar. Se acercan a la comisura de los labios, entran en las orejas, buscan vías a través de los ojos. En estos momentos me gustaría ser un caballo y tener un anteojeras.
Pero ahora el tiempo está de mi lado, gracias a Kelly y a todos los que me recogieron en medio de la carretera con un destino y una mochila. Una localidad elegida al azar, a casi 4000 km de distancia será el final de mi larga semana de autoestop, desierto y mucha ruta aburridamente recta.
‘He comprado un crucero para el próximo verano hasta Fiji junto a una veintena de amigos y familiares, pero aún no se lo he dicho a mi marido’, me confiesa Kelly, una mujer en vía de jubilación que quiere aún vivir la vida y franquear las barreras de su aldea, al contrario de su pareja que a duras penas sale de casa.
Norseman es una pequeño pueblo de minas, así nombrado por el caballo que descubrió la presencia de oro en 1894. Desde entonces, como casi todo el estado de Western Australia, Norseman vive del rico subsuelo y no detiene la labor extractivista ni por un solo día, gracias a la enorme fuerza de trabajo muy bien retribuida.
‘Mira, esa es una mina de rubíes’, me indica la Kelly, ‘pero los aborígenes no nos permiten extraer nada de ahí’.
Ya, porque las grandes empresas pagan altas sumas a los colectivos originarios para los derechos sobre la tierra para explotar, justificando así el lugar común de la pereza cultural de la mayoría de los ‘negros’, como los denominaban los primeros colonos británicos.
Kelly toma un atajo de tierra de un centenar de kilómetros y detiene el 4×4 al lado de un pequeño puente, ‘Tendría que haber un palo por aquí’, sugiere ordenes. ‘Sabes, aquí se inunda a menudo, y cada vez me paro e intento quitar las hojas que obstruyen el paso del agua’.
Un gesto tan simple, tan natural que me queda grabado como recordatorio de humanidad, un detalle de poca importancia que da redondez al personaje, añadiéndole una dimensión emocional llena de cariño, cuidado. Esperanza.
El tiempo está de mi lado. Atardece y Kelly me deja en un buen espacio para acampar y me ofrece unas manzanas, ‘Take this, love’.
El rojo pinta el cielo y de nuevo vuelta al desierto, a la inmovilidad, a la espera.

¿Como pueden ser aún tan blancos esos hooligans abocados al sol inclemente de un desierto perenne? Hay muchas cosas que aún no entiendo de ese continente llano, pero esa gana sobre todas.
Anthony ha sido conejillo de india de un fármaco experimental por el ejercito australiano y ahora tiene problemas crónicos al sistema digestivo. Después de casi una década en la mili, Anthony, como muchos renegados, ha querido terminar su carrera para poder hallar su personal venganza contra el pasado escrito en su cuerpo.
‘¿Quieres leer el manuscrito?’, me pregunta, estatua de cera no expone sentimientos.
La novela que colecciona polvo en un cajón es un relato apocalíptico del ultimo hombre sobre la tierra que, mira tú, encuentra la ultima mujer sobre la tierra. Los últimos dos relictos de humanidad dejan en evidencia los fallos y las culpas de la sociedad de consumo, las inutilidad de las instituciones, etc etc…
Anthony es masajista (según él uno de los mejores en circulación), y necesita desesperadamente ayudar a los otros aunque él esté como el culo, sin fe en el ser humano y resignado religiosamente al peor futuro posible. Para no pensar en nada, la única evasiva es no parar de trabajar, dejando la tienda abierta 24/7, como dicen estos gringos en potencia.
Me sorprende notablemente la convivencia frankesteiniana entre las “civilizaciones” británica y estadounidense, que no pierde tiempo en crear identidades, enemigos y días patrios. El ‘Australia Day’ (renombrado ‘Día de la Invasión’ por los pueblos originarios) quiere expandir con poca sutileza esa propaganda nacional de superioridad racial, tan popular sobre todo entre las nuevas colonias que no tienen ni historia ni cultura propia.
También las playas carecen de nombre, de personalidad. ‘South Beach’, o ‘North Beach’, un himno constante a los puntos cardinales; y los estados (‘Northern Territory’, ‘Western Australia’), siguen el mismo salmo.
Cuidar maniáticamente el césped inglés en medio de un secarral formaliza la idiosincrasia de esos 20 millones de colonos aislados en una tierra llana.
‘Llana’ es la palabra que describe mejor Australia.
Llana, como la existencia que promete. Se gana bien y la calidad de vida es alta, eso es indudable. Pero bueno, siempre queda el amargo más que la sorpresa al final de una historia que no la tiene.
‘No surprises’, largaba Thom Yorke hace algunos años, criticando el residencialismo burgués de la creciente clase media en el primer mundo. Las ‘cicatrices que no se curan’ se encierran dentro una casa bonita y un jardín bien cuidado, ninguna sorpresa y ninguna alarma para despertarse del cansancio, del abandono, de la resignación de lo cotidiano.
Ese triste refugio-cárcel a las antípodas chupa identidades, australianiza a los nuevos presos, los superficializa, los calviniza, los capitaliza para dejarlos medio muertos (¿o medio vivos?) en un tiempo suspendido, revoloteados en una burbuja segura sin muchas preguntas.
‘¿Por qué estáis tan obsesionados en hacer hijos?’, le cuestiono a un joven veinteañero ilusionado, economista, filosofo youtuber y protocoach de abrazos a la Coelho. ‘En España se dice que antes habían familias numerosas porque no había tele. Ahora ya hay entretenimiento’.
La poca prosperidad de los europeos escandaliza gratuitamente a mis oyentes, como si fuera a amenazarle un lugar muy personal, el coche nuevo o la parrilla constantemente llena de carne.
¿Será que se aburren con tanta guita, con tantas posibilidades? ¿Será que todos y todas eligen siempre constantemente lo mismo: casa, familia, trabajo, perros, barbacoas los domingos y alguna escapada a Bali en verano?
Si esto es ser una persona simple, me sale un profundo orgullo de no serlo.

Otra futilidad con que me es difícil lidiar son las matriculas de coche personalizadas, dimensión tercermundista de la dialéctica consumista del Norte Global. ¿Por cual razón al mundo tendría que matricular mi coche SoyLaHostia11 o Juliana97? Pensando en las supuestas diferencias simbólicas entre uno y tres, cierro los ojos intentando olvidar, pero solo consigo ver matriculas.
Por lo que me concierne, tengo la suerte de no necesitar la ayuda permanente de ese estado, si de ayuda se trata la recibida o la dada, llenando puestos de trabajos que nadie quiere hacer. No soy indio o afgano y no es una gran oportunidad para mí cambiar de vida, sino solo un usarse reciproco, un trueque de hienas, fuerza de trabajo europea pagada en dólares robados a los aborígenes. Saldré de aquí con plata sucia, pero ¿existe la limpia?
Reconozco el privilegio de haber crecido en Europa, en la cual de repente me identifico con culpable orgullo. Sin duda no en la federalista, globalizada, bélica, neocolonialista y tendiente a un crecimiento económico imposible y fuera de contexto. Pero sí me reconozco en su parte cultural, lingüística, montañosa, diversificada, abierta, activa y activista… quejona.
Nadie se queja por ese lado del mundo y, sinceramente, me da algo de miedo.

‘La rica cultura de los antepasados’ o ‘Las temporadas del año según los aborígenes’, estos paneles bien dibujados y muy democráticos se asemejan tanto a esas familiares infografías típicas de parques nacionales que pretenden registran la flora y la fauna autóctona. El ministerio de ‘Lavado de Cara Colonial’ se prodiga cuidadosamente en mantener las apariencias de un respeto inexistente hacia el 3% de una población aniquilada con las armas, con encierro y alcohol.
En Toulouse la metro sigue teniendo la traducción en occitano, un idioma agonizante que no tiene el apoyo de políticas estatales para poder sobrevivir. Con los pueblos originarios de Australia pasa un poco lo mismo, lo importante es quedar bien delante del blanco progre y así dejar que el problema se resuelva solo, con la lenta desaparición del mapa.

‘¿Que harías con 10 millones de dolares?’, me pregunta el protocoach surfero. Nunca había puesto sobre la mesa una posible respuesta a una cuestión tan frívola.
‘Me sentiría culpable y, de todas maneras, no cambiaría substancialmente mi estilo de vida. Si intuyes que el dinero cambiaría tus creencias y la perspectiva que tienes de la existencia, entonces no es la plata que necesitas, sino un cambio de paradigma, otro paisaje, quizás una vista panorámica encima de una montaña’.
Desde ahí, podré ver claramente con claridad la Cruz del Sur, la constelación de referencia en el hemisferio austral. O quizás podré ver el Emu Obscuro, el mismo conjunto de estrellas que, según la observación de los pueblos originarios, se perfilaba como una figura negra entre las luces de las estrellas, sin tirar lineas o juntar brillos como si fueran puntitos de las palabras cruzadas. Dos maneras completamente distintas de percibir el mismo fenómeno, la misma maravilla primigenia en la interpretación del mapa común más antiguo, el cielo. Curioso como esos dos macrocosmos, en batalla dialéctica y campal, se centren uno en el contorno de las cosas y el otro en lo lleno, uno en la forma, el otro en el contenido.
Y desde ahí, encima de la montaña, podré ver los aviones que constantemente echan fluoroacetato de sodio sobre el territorio para matar a los canguros, a los zorros y, si va bien, a algún que otro aborigen. Más fácil borrar la historia que aprender de ella.
Desde ahí arriba podré contemplar lo lleno entre las estrellas.
Abajo todo lo llano… Australia.

Un señor en su jardincito soleado limpia prolijamente una jaula de un pájaro ausente. Una vez muerta la bestia, solo hace falta un poco de jabón para limpiar el mal olor del encierro.
Australia parece ser esa constante ducha de detergente afrutado, que consigue alcanzar el macabro intento de darle olor a limpio a algo podrido y en fase de descomposición perpetua.
tomado de :
– CRÓNICAS DE UNA CABEZA DURA –
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