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22 marzo 2019

La destrucción de la identidad




Si algo caracteriza nuestros tiempos es esta aparente necesidad de ocupar un espacio único, especial y diferenciado del resto de personas que nos rodea. Es como en aquel juego de infantil en el que cuando la música paraba de sonar tenías que sentarte rápidamente en las pocas sillas que quedaban para no quedarte fuera del juego. Todos corriendo en busca de una identidad, unos juegos del hambre virtuales donde nadie quiere quedarse sin ningún arma con la que disparar.  Me recuerda a la angustia que pasaba encontrando un grupo de amigos -con su consecuente rol en el mismo- en el instituto, que si los otakus frikis que quedaban por las tardes a jugar al CoD, el grupito de chicas que practicaban esa particular forma de cuidarse (y destruirse) entre ellas, los populares que salían de fiesta todos los sábados y envidiabas en parte por no irte con ellos a las fiestas de los pueblos, los raritos que jamás hablaban en clase y probablemente ni con su compañero de mesa o incluso los típicos dibujantes que siempre se sentaban detrás de la clase  y que con tan solo quince años ya parecían artistas de lo más bohemios y solitarios. Probablemente Twitter se haya convertido en los chicos del patio a gran escala, cada uno ocupando su peculiar rol en un gigantesco organigrama, donde los comunistas ocupan su particular parcela rodeada de piolets asesinos y memes sobre gulags, los típicos perfiles con el icono de algún futbolista repleto de retuits a gifs del chiringuito, el liberal con sus ofrendas al Dios Rallo y su curiosa relación con la pandilla de los Bertines Osborne con encabezados de alguna manifestación antindependentista. Al fin y al cabo tampoco es que hayamos cambiado tanto, el tiempo de nuestra época parece pesar demasiado en nuestra forma de relacionarnos con el resto y como no podría ser de otra manera con nosotros mismos. ¿O es que acaso alguien ha sido feminista topándose por elección propia con Virginia Woolf (en el caso más probable de la improbabilidad) y no con Barbijaputa? 

Parece como si fuéramos buscando el grupo del que formar parte a la desesperada. El hogar nos ha sido arrebatado, nos encontramos destronados y actualmente estamos a la deriva relacional. Antes las diferencias entre unos y otros eran ridículas, todos habíamos escuchado las mismas canciones, habíamos visto las mismas películas, jugado a los mismos juegos, estado en los mismos lugares, recibido las mismas hostias. Ahora mismo ya nadie conoce a su vecino, ni siquiera si ese vecino va a poder entender realmente de lo que está hablando, si hay algún punto en común entre ellos más allá del tiempo que hace. Aquél lugar común que suponía haber vivido las mismas experiencias se ha disuelto en la infinitud de las posibles posibilidades. Cualquiera quería jugar a la pelota, hablar del último capítulo de Verano Azul o marujear sobre el último chisme del barrio, es con la globalización donde ya nadie está seguro de esos lugares comunes que permiten la comunicación. Tal vez sea ese el encanto que causa actualmente Aquí No Hay Quien Viva en la juventud. Todos se relacionan con las mismas desdichas de una u otra forma. Un lugar pequeño como el salón de juntas sirve de escenario para confrontar aquellos intereses personales que se muestran a su vez desnudos de florituras, como lo más importante que han hecho en sus vidas, dispuestos a dejarse todo lo que sea posible, ya sea la dignidad, el orgullo y la vergüenza pues para ellos lo suponen todo.

Este lugar donde te lo juegas todo se ha disuelto, este "entre" que nos unía, el ágora en el que poder comunicarnos ha mutado convirtiéndose en una masa uniforme mundialmente conocida y por ello mismo desconocida. El acto auténticamente político por el que mover tierra, mar y aire se ha tornado enteramente indiferente. Los amigos del instituto realmente no son tan importantes si eres capaz de conocer a millones de personas alrededor tuyo. No hay de porque preocuparse si tu novio te deja, seguro que alguno de los cientos de personas que conoces casi mensualmente vuelve a despertarte emociones por dentro. ¿Qué te han echado? No te preocupes, seguro que alguien te contrata temporalmente, y quien sabe, la vida da muchas vueltas. 

Ya nos lo dicen los gurús empresariales de Youtube, lo importante en la vida no es conocer generalidades sobre temas generales, es imposible ser determinante en todo lo que nos atraviesa, sino saber hacer algo, por muy nimio que sea mejor que el resto. Ser el mejor comunista marxista-leninista que más citas de Lenin conoce, el mejor neoliberal estudiante de DADE y futuro emprendedor (aunque no tan futuro cree él), el mejor español antindependentista que le gusta el jamón, las mujeres y el vino más que a nadie o el mejor friki que se sabe la intro de Full Metal Alchemist en japonés de memoria, sin olvidar a los hipsters cinéfilos que adoran el cine libanes de los años 50/60. 

Cuando la identidad se encuentra diluida en la infinitud, cuando ya nadie sabe qué papel ocupa, cuando los límites de lo conocido, del barrio o del hogar se rompen y ves más allá de lo que tú eres, sientes el vértigo y con ello las pretensiones de colonizar. Pero jamás debemos olvidar esas ventanas que fotografían sin capturar al resto. Aceptarnos es aceptarnos como contradicción, como un imposible dado, como un limitado enrolado en el estadio y a su vez como posibilidad ilimitada e indefinida, aceptarnos como pliegue entre el estar y el ser. Solo hay dos salidas ante la contracción, ambas cobardes, el colonialismo y la idiocia, capturar al enemigo como amigo o capturar al enemigo como enemigo.


Álvaro Coscolín Fidalgo, Estudiante de filosofía 




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