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03 mayo 2017

Para Raúl Roa, maestro y maestro



Segunda cita


Espero que la cursiva en el segundo maestro no se pierda en los avatares de la difusión cibernética de esta crónica urgente escrita al borde del aniversario del nacimiento de Raúl Roa, a quien se le quiere en el Centro Pablo como el padrecito nuestro que fue.

Lo podría haber sido solamente por la impresionante donación de papeles y fotos inéditas del cronista de Majadahonda que Roa me entregó, en prueba de confianza y cariño que siempre agradeceré, para que las conservara y las difundiera, como pabliano probado que yo había demostrado ser.


Roa lo supo desde que lo asalté cuando formaba parte de una delegación encabezada por Fidel que visitaba la comunidad de Jibacoa, ahora perteneciente a la provincia de Mayabeque, donde Alquimia Peña y yo realizamos durante casi dos años un inolvidable trabajo cultural a principios de los años 70. Allí le dije, aprovechando el paso de un edificio al otro, que yo quería trabajar en una película y en un libro sobre Pablo de la Torriente Brau y que necesitaba su ayuda en cuanto a bibliografía, documentos, fotos y sobre todo vivencias y recuerdos personales. “Llégate por el Ministerio y vemos esa matraca” fue la respuesta sintética, súbita y alentadora.



Esa acción mía fuera de protocolo (parecida remotamente a las que él realizó en tantas importantes ocasiones en los foros internacionales para defender a la Revolución Cubana triunfante, hija de la revolución “ida bolina” en los años 30 en los que él había sido participante –y combatiente– de primera fila) tuvo consecuencias muy importantes para mi trabajo, quiero decir: para mi vida.



Escucharlo durante horas en su oficina de la vicepresidencia de la Asamblea Nacional, tendido en el chase long desde donde enarbolaba en el aire incansablemente su mano al compás de la anécdotas que iban y venían, desde la década del 20 del siglo pasado hasta las últimas peripecias de la aplicación profundamente errática de la política cultural cubana en aquellos años anti-memorables.



Esa mano incansable quedó inmortalizada, quién lo duda, en las extraordinarias caricaturas que le hizo su amigo entrañable, el gran Juan David, y en las fotos que lo recuerdan en la ONU o en la OEA, defendiendo a talento y espada a la acosada Revolución Cubana.



A esa mano escribió otro gran amigo suyo, Cintio Vitier, este soneto que vale la pena recordar en este nuevo aniversario del maestro Roa.




ARDIENDO PURA



Esa mano relámpago, más viva

que la ardiente palabra en que restalla,

esa mano zig-zag de la batalla

a pecho limpio de la patria altiva:

esa mano vibrante, afirmativa,

disparando el strike que no le falla,

hipérbole la pólvora en que estalla

y sale de sí misma, rediviva:

esa mano de Roa que flamea

invicto airón sobre la dictadura

y en la cueva del yanqui centellea:

esa mano que increpa, rapta, jura,

garabato de luz, fulmínea idea,

es la estrella mambí, ardiendo pura.



Todo eso recordaba –y mucho más– mientras escuchaba en vivo o veía sobre la pantalla el testimonio de Raulito Roa Kourí, pletórico de dignidad y de humor, palabras que podrían servir para delinear rápidamente la personalidad de aquel intelectual revolucionario sin orejeras, francotirador certero, marxista consistente que nos indica, todavía hoy, desde sus libros, la importantísima función de pensar con cabeza propia los temas de la realidad que nos circundan. Los de entonces y los de ahora.



Por eso ediciones La Memoria del Centro Pablo llevó a ese cónclave de gente amiga y cómplice, convocada por nuestra querida Nisia Agüero en la Sala Martínez Villena de la UNEAC, ejemplares de algunos de los libros de Roa que hemos publicado en estos años: su Bufa subversiva y su Viento sur que no habían vuelto a ser editados desde sus apariciones iniciales, la primera en 1935 y casi inmediatamente secuestrada por las huestes de Batista.



De ese apasionante manojo de artículos y crónicas tomo este delicioso fragmento de su prólogo, el “Trago inicial” escrito por su hermano en tantas lides, el periodista Pablo de la Torriente Brau, en el que comienza describiendo un collage fotográfico realizado por Roa, que se conserva hoy, celosamente, en la casa familiar:




Pero en el cuarto, lo que más se parece a Raúl es una composición fotográfica: por paradoja, él, que lo destrozaba todo, le gustaba componer algunas veces.



Es una composición tumultuosa: Aureliano en pose de arenga; Gabriel Barceló muerto; el Directorio de 1930, preso; la tumba de Mella, en México; tánganas estudiantiles; Arsenio Ortiz; Sylvia y Georgina Shelton; la policía frente a la Universidad; Mella de remero; Mongo Miyar y yo; y Teté Casuso y Ramiro Valdés Daussá y un perro de Isla de Pinos; tánganas estudiantiles; hombres asesinados en Santiago; heridos en Emergencias; Trejo herido; Benito Fernández; tánganas estudiantiles… Es una composición loca y agradable: lo más parecido a su biografía que hay en el cuarto.

(…)

Algunas veces en este cuarto ocurrieron cosas tremendas: la composición fotográfica se animó vertiginosamente en el insomnio: Trejo Y Gabriel resonaron a gritos; la voz de Mella era un estampido del mar; las manifestaciones de estudiantes se estremecieron aullando el lema de «Muera Machado»: Raúl Roa se puso a escribir «Tiene la palabra el camarada máuser»… Pepe Tallet animó su cara de fauno y recitó «La rumba»: Raúl Roa le dijo mentiras a varias mujeres anteriores y les dedicó verdades fisiológicas; Rubén Martínez Villena tenía los ojos claros como su dialéctica maravillosa y en la noche de insomnio Raúl Roa hizo un artículo de estructura marxista irreprochable.

(…)

Pero el libro no servirá para el biógrafo: ¡Ah, si yo contara episodios de La Cabaña, del Príncipe, el Presidio y la Universidad!… Pero en esta época de gases y petardos debo guardar silencio. ¿Qué museo guardará su lengua? ¿Y su melena?

Y el propio Pablo se encarga de situar en el sitio que le correspondía a quien se autodefinió, erróneamente, años después: “Ni escritor ni escribano —respondió Roa a un entrevistador—: simplemente un soldador flamígero de palabras en puro afán de servicio.”


Ah, carajo, olvidaba decirte que he leído tu libro, que me parece estupendo y que es una lástima que no se pueda leer en Cuba. Lo mejor del libro es que se parece a ti, desordenado, brillante, inquieto. Tiene cosas magníficas y cosas maravillosas. La instantánea campesina, aunque no lo hicieras con ese ánimo, en realidad es un cuento estupendo. Las páginas universitarias, un gran recordatorio. Y Agis el Espartano y la Interviú profética dos de los mejores capítulos. Me gusta todo. Leonardo piensa que tú eres el primer escritor de Cuba. Yo pienso lo mismo.

El propio Roa, coloquial y risueño, le había adelantado a un poeta amigo su opinión sobre aquel libro que estaba terminando: “Tiene esta Bufa tremebundos aspectos y contingencias aladas. Es de culo, viejito.” (Carta a Manuel Navarro Luna, 1º de agosto de 1934).


POÉTICA DE SIEMPRE

Para Raúl Roa, maestro y maestro

Unos dicen que en estos poemas

se ha abolido la imaginación

y los llaman extremistas-sectarios-

Ah esos pobres enredados en sus flores de papel

Otros dicen que en estos poemas

se piensa demasiado

y los llaman liberales-confundidos-

Ah esos pobres encerrados en su propia cuadrícula

Menos mal

ningún mal

mucho bien

que ustedes han estado siempre aquí

alborotando estos papeles

enredadas en los conflictos que hacen vida la vida

libres del tonto de las cuadrículas

libres de esas mariposas en sus flores de papel

y que aquí seguirán

para siempre

poesía

Revolución





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