Parar las aguas del olvido (2) - Periódico Alternativo

Titulares

Home Top Ad

Contra la propaganda de las multinacionales mediáticas

05 junio 2017

Parar las aguas del olvido (2)



La Vanguardia




En España y en el siglo XX hubo dos guerras larguísimas y sangrientas hasta niveles que hoy parecen inconcebibles. La primera duró tres años y nadie, se puede decir que nadie, dejó de tenerla presente en todo el mundo. La otra fue una continuación de la anterior y ocupó décadas de diferente intensidad, desde 1939 hasta 1975. Fue la olvidada.

Hablemos de literatura y aparquemos, en la medida que podamos, la historia. Sobre la Guerra Civil primera, la de 19361939, hay novelas para dar y tomar, y salvo la figura de Max Aub, que construyó un fresco literario digno de un clásico, considero que aun teniendo algunas obras de notable valor no se alcanzó aquella cima. Pero relatos sobre la Guerra Civil menudean; incluso en exceso.

Sin embargo, novelas sobre la interminable posguerra –que no fue sino otra guerra– hay menos, debido a las circunstancias en las que se vivió tanto la larga dictadura como el dilatado exilio. Hay una excepción, o al menos yo la veo así. Para parar las aguas del olvido, publicada por primera vez en 1982, creo que sin mucho éxito, y que ahora acaba de ser reeditada por la modesta Drácena, Madrid, 2016. Su autor se definió a sí mismo: “Yo me llamo Paco Ignacio Taibo –(no confundir con su hijo Taibo II, esto lo añado yo, el articulista)–. Tengo cincuenta y cuatro años y voy de bajada”.

Había nacido en Gijón en 1924 y falleció en México hacia el 2002, aunque vivió en Oviedo por las singularidades que tuvo la guerra en Asturias; republicana inequívoca, salvo la capital, que quedó aislada del resto. Allí formaron un grupo de cinco chavales entre los que se contaba quien luego sería notable poeta Ángel González. Que nadie crea que estamos ante un homenaje a “ese Oviedín del alma”, como suelen llamarlo las fuerzas vivas de la ciudad. Es un relato descarnado, una crítica más sarcástica que la de Clarín en La Regenta, y una colección de paisajes y paisanajes salidos de la guerra y que el autor no puede olvidar en su reproche a la escasa “nobleza de comportamiento” de un paisanaje que él no disfrutó nunca.

Está perfectamente definido en ese tipo humano, Pepín Morán, el escultor, que todos los días es llevado bajo custodia de la cárcel a la catedral, para que subido al gran andamio vaya reconstruyendo la torre catedralicia que los rojos derribaron de un cañonazo, y que aprovecha para ir inventándose nuevas figuras: la cabeza asesinada de Leopoldo Alas, rector de la universidad e hijo del novelista, o esa singularidad tan típica del país, “El Hombrín de Piedra”, un tipo que representa al sufrido ciudadano de la ciudad echándole un corte de mangas a la capital entera desde la cima de la catedral. ¿Quién iba a subir tan alto para descubrir tamaña figura, muy común en algunas iglesias del románico, para gozo de los canteros?

“Este es un libro –escribe Taibo– para parar las aguas del olvido y para que no vuelvan a inundarnos aquellas otras aguas del terror y de las fórmulas cerradas y vengativas”. Porque es curioso que en nuestra literatura sobre la implacable posguerra apenas existan aquellas figuras que hicieron, por ejemplo, de la literatura italiana algo popular y culto al mismo tiempo. No sólo el cine neorrealista y sus figuras, sino Vasco Patrolini o Elio Vittorini.

Cinco chavales que juegan entre los escombros, alquilan libros en la librería Cervantes –donde el bueno del dueño ha colocado de chico para todo a quien luego sería Ángel González– y que saltaban los muros del orfanato, hoy convertido en el lujoso hotel Reconquista de los premios Princesa de Asturias. Los tiempos cambian pero la memoria permanece.

Taibo marcharía a México en 1959 y seguiría escribiendo novelas, guiones, cuentos, historias y amistades. La de Buñuel, por ejemplo, que siempre se quedaba mirando los volúmenes de la Enciclopedia Asturiana. “Mayor que la Británica”, exclamaba, descojonándose de risa.

Aquel mundo gris, que, tratándose de Oviedo, entonces siempre estaba cubierto de niebla o de lluvia, o de ambas cosas, y los cinco chavales a falta de mejor cosa para superar ese aburrimiento de ciudad de provincias asistieron como unos caballeros sin caballo ni coraza a las tres películas de “interés nacional”, patrióticas, formadoras de nuevos varones y damas para la patria: Eugenia de Montijo, Lola Montes e Inés de Castro. Tres grandes éxitos de la cinematografía española de 1944.

Quien haya pasado por eso y luego sobrevivido con el hambre, el estraperlo, las cartillas de racionamiento… ¡Esos cinco chavales tenían más valor que una novela de Salgari! Pero convivían con los sapos, ese animal tan ligado incluso a nuestra infancia ovetense bastante más tarde que la de los cinco valientes. ¿Por qué aparece el sapo en La Regenta de Clarín incluso hasta incluirlo en el inquietante y equívoco final de la novela? Hay tesis variadas sobre el asunto. Pero salvo las personas que se parecen a los sapos, a los que damos unos comportamientos que quizá no corresponden al animal, nuestra infancia, no digamos la de ellos, está llena de sapos. Quizá se deba exclusivamente a la humedad, pero cuenta Taibo en una página cargada de simbolismo que él llegó a tocarlos y que no eran viscosos como creíamos. Tiempo de sapos.

El mundo era gris y los sapos quizá fueran el juguete más barato, que se adaptaba al medio como si formara parte del paisaje. La alegría la daban los boleros de la radio, donde dominaba Agustín Lara y su Farolito. Cada época tiene su canción, así como inquietaban los sapos, que el tiempo ha ido haciendo desaparecer. No habla la novela de los grillos, o al menos no lo recuerdo, un insecto prácticamente desaparecido de nuestro imaginario colectivo y hasta de los campos. ¡Era el único animal doméstico que nos permitían tener en casa! Y eso que atronaba la escalera donde había que sacarlo todas las noches para que pudiéramos dormir, independientemente de lo que pudieran decir los vecinos, que quizá creyeran que estaban en el campo. Porque las capitales de provincia eran prados con casas, y las ciudades, aldeas de ringo rango.

Para parar las aguas del olvido, título tomado de un verso de Cervantes, es uno de los escasos recordatorios de una época que se cuidó mucho, por la cuenta que le traía, de no relatar un mundo que parece salido de un museo de la miseria, de esos que afirman que no existieron nunca y que sólo se pueden reconstruir gracias a la literatura. Nuestra escasa, humilde y harto falaz literatura provinciana de posguerra, donde no aparecía lo importante sino sólo la superficie de las cosas y el fulgor pálido de las ambiciones.





https://www.rebelion.org/noticia.php?id=227486


Periódico Alternativo publicó esta noticia siguiendo la regla de creative commons. Si usted no desea que su artículo aparezca en este blog escríbame para retirarlo de Inmediato

Publicar un comentario