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Carta abierta a Pau Llonch


Querido Pau Llonch: 

No nos conocemos, pero me vas a permitir que me sienta interpelado por el contenido de tu carta al coordinador de IU: soy de Badalona, hijo de un granadino y de una albaceteña; en los últimos años he vivido consecutivamente en tres pueblos del Maresme, comarca donde finalmente resido con mi mujer y mi hija. Licenciado en la UdG, he conocido el clasismo y el racismo xenófobo de unos y otros, tanto en el área metropolitana de Barcelona como en las comarcas gerundenses, y unos y otros me han afeado, por poner un ejemplo ilustrativo, que cambie de nombre según dónde y con quién me encuentre (Javier para castellanoparlantes, Xavier para catalanoparlantes); cuando lo cierto es que la primera vez que alguien me lo tradujo fue en la EGB: mi profesora y tutora de mi colegio público de barrio periférico (mis padres me pusieron Francisco Javier pero, francamente, nunca me ha importado; para mí no es más que una etiqueta con la que nunca, en ninguno de los dos casos, he de sentirme incómodo).

Dicho esto, Pau, me gustaría hacer algunas precisiones al texto que diriges como una invectiva (y está siendo costumbre en estos días de absoluta falta de estrategia) a Alberto Garzón, a quien tampoco conozco pero también he leído y por quien asimismo siento una considerable simpatía. Si no te importa, iré replicando uno a uno los seis puntos de tu escrito, por lo demás, argumentado, cosa que se agradece precisamente por inusual. Así, aunque no lleguemos a ponernos de acuerdo, y aunque yo limite mi réplica aquí a unos simples fogonazos, al menos unos y otros dejaremos de atribuirnos falazmente posiciones que no defendemos.


Precisamente porque la alta burguesía no está interesada, no va a haber independencia en Cataluña; no, mientras eso no cambie. Eso, y no la eventualidad de un referéndum, es lo más importante. El referéndum de octubre no lo es, porque un referéndum unilateral no existe (para hacerlo, se te presupone soberanía; en caso contrario tienes otro 9-N con las consiguientes elecciones “plebiscitarias” que son igual de farsa pero más garantistas pero no resuelven nada porque no son referéndum, y etcétera). Saberlo y aun así defenderlo es simplemente expresión de la voluntad de ganar posiciones políticas de cara al próximo envite electoral. Muy legítimo, por supuesto, pero poco honesto si se presenta como ejercicio democrático: no lo es, porque no es lo que se pretende; porque no existe el referéndum unilateral. Lo importante es, como digo, esclarecer si acaso es posible la independencia de Cataluña, actualmente Comunidad Autónoma. Eso es lo importante: si quieres la independencia, gánala en la calle y cambia las instituciones, pero no participes del circo que se han montado unos y otros para salvar el pellejo (en realidad, Jorge Moruno ha agotado con verdadera pedagogía este asunto).


Como enseñaba el injustamente desdeñado Trotsky, en política los tiempos son fundamentales: vuestras prisas, que se han alimentado durante décadas de un falso victimismo (“Cataluña, colonia de España”), son ahora pueriles; como decía Lenin, tales prisas son típicas de la enfermedad mental del izquierdismo: sin aliados, nada. Y ojo, es falso que ahora no se mantenga el tal argumentario. Como te decía, soy de Badalona y licenciado en la UdG, y sé que el racismo xenófobo es recurrente, algo más que latente (no voy a ser yo el equidistante en esto: lo del proto-fascista Albiol, por cierto catalán y muy votado, no tiene parangón, pero la inquina contra la Barcelona “xava” una vez pasada la “frontera” del Maresme-La Selva es impresentable; seguro que estarás de acuerdo conmigo). También sé que en estos días de todo o nada (los de la CUP lo queríais todo e hicisteis una gran astracanada) lo poco que llevo dicho sonará a españolismo rancio. No importa, de verdad, algunos estamos acostumbrados; pero es irritante que encabeces tu artículo con una cita que habla de opresión para referirte al, si quieres, fallido Estado de las Autonomías; repito: opresión (voy a dejar de lado las milabstracciones de contexto que cometes con ello).


El carril central del proceso es institucional-mediático, no nacional-popular; en todo caso, si tiene algo de lo segundo, ha sido construido por arriba, puesto que la burguesía convergente ha sabido hacer concesiones (como la burguesía y nobleza británicas que explican Engels y Marx en sus textos políticos; puestos a hablar de lecturas, te sugiero a Antoine Artous, “Marx, el Estado y la política”, del que podríamos aprender un poco todos); burguesía que ha sabido hacer concesiones, decía, para no perder su control hegemónico en el proceso. No darse cuenta de esto (pretender que las instituciones catalanas no son gobernadas por burgueses y aun por antiguos nobles terratenientes) es, otra vez, enfermedad infantil: en cuanto termine la inmensa cortina de humo que algunos honestamente habéis abrazado sin advertir su insustancialidad, los Mossos nos seguirán persiguiendo, a ti y a mí, mandados por el Saura o el Felip Puig (poco importa) de turno.


La única alternativa que le queda a un proyecto que debiera purgar de su pasado el victimismo (y las prisas que esto alienta) es seguir peleando hasta lograr alianzas; pelead, si queréis, y no sólo institucionalmente, para cambiar la correlación de fuerzas. Y por cierto, dejad de soñar con ERC: son el verdadero PSOE catalán. Arrastradlo, si podéis, pero no fantaseéis con un Junqueras que sólo quiere verse president (autonómico, por supuesto).


Rápido te ventilas la infumable consulta-movimiento sin garantías jurídicas; remito a este texto y subsano con ello las afirmaciones de mi punto 1 que pudieran parecer lapidarias.


Lo que clarifica Delgado es el maniqueísmo del conmigo o contra mí; lo más opuesto al pensamiento crítico (pensamiento crítico, coincidirás conmigo, bastante proscrito en los principales medios catalanes de Cataluña si lo que se critica es el procesismo y sobre todo si se lo critica desde la izquierda; coincidirás, digo, si tienes la deferencia de no serme abstracto en esto). Decía Delgado en una entrevista con Albano Dante en La Klau (cómo echo de menos al Dante de Cafè amb llet…) que el encabezado de la pregunta “La República del 48%?” era tendencioso, pues hacía monárquicos al resto... Bueno, podrían comentarse muchas cosas, pero digamos simplemente que lo que seguramente sabía Delgado y no quiso decir es que el encabezado señalaba, por encima de todo, que no tenéis suficientes aliados y que así no se construye nada. La concreción es justamente no ignorar, como sí hace Arregui en su breve libelo, que en Cataluña también hay fascistas catalanes, que hay xenofobia, que te cuestionan porque un día decides hablarle también en castellano a tu hija porque sabes que los libros de texto en castellano son basura y que vas a tener que complementar rigurosamente su enseñanza; lo abstracto es olvidar que eso no es minoritario, olvidar que protestar ante eso (y ni se te ocurra cuestionar la inmersión lingüística obligatoria en catalán) es exponerse a que te tilden de fascista o españolazo (supongo que nunca te encontrarás en esa miserable tesitura porque se te presupone catalanidad; no así a los hijos de los venidos del sur, que no podemos permitirnos según qué coqueteos; un botón: el otro día me confiaron que se criticaba a Sopa de Cabra porque habían cantado un par de canciones en castellano… uno de los mejores grupos de rock en catalán… ); abstracto es también olvidar al carpetovetónico ciudadano de la Cataluña interior, etc. etc. etc.

Mi querido Pau, construyes una abstracción y adornas así tu posición. Esto es típico de quien no sabe abordar, en efecto, la cuestión nacional. Y además disparando contra tus aliados… Piensa que el “lo quiero todo y lo quiero ya” es un capricho muy liberal-burgués, piensa, si quieres, que la crítica no es arrogancia, perdonavidas, ni expresión de una cínica superioridad moral. Es, sencillamente, que los tiempos son los que son, que están los aliados que están, que los adversarios son como son, y que hacer caso omiso de todo ello es una inmensa abstracción; de la peor, de la que es, con o sin Pujol, sencillamente irreal.Javier García Garriga. Licenciado en filosofía y doctorando en filosofía política por la UB.





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