Cuando los abuelos… - Periódico Alternativo

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22 mayo 2017

Cuando los abuelos…


La Vanguardia


Cuando los abuelos hacían la historia, los niños y los adolescentes y los adultos escuchaban respetuosamente. Contaban la vida como había sido en sus pequeños detalles; no como aparece en los papeles. Un res­peto. En Rusia, desde siempre, no hay nadie más importante que una madre y un abuelo.

Pertenezco a una especie social muy ­poco estudiada pero trascendental. Fui huérfano de abuelos. Carecí de abuelos; dos murieron antes de que yo naciera, y los otros dos tenían trayectorias contrarias que no me permitieron gozar de ellos. A uno, ya muy viejo, veterano militante socialista –de carnet, que se decía antes–, maestro armero de la Fábrica de Oviedo, lo desterraron tras la guerra a A Coruña con la idea de que entre la edad que ­tenía y su capacidad para beber, que al parecer ­alcanzaba cotas de es­cándalo, se moriría ense­guida. Se equivocaron, aguantó muchos años, pero nunca pude desplazarme a Galicia para verle, porque eso entonces era un viaje para gente curtida y yo era un niño –salías de Oviedo a las 7 u 8 de la mañana y, tras muchos vómitos (nadie se resistía a las curvas del puerto bien llamado de La Espina), el autobús llegaba a A Coruña entre las 8 o las 9 de la noche–.

Quedaba, no obstante, Josefa, la abuela paterna, cuya maldad y retor­cimiento impresionaba hasta a sus hijos. Jamás besó a ninguno. Dominaba a nueras, herederos, esclavizadas criadas, a todo el que se le pusiera delante. Lo único en lo que era un ángel es en la cocina –su reino–; sus croquetas eran míticas; hasta mi madre, que la detestaba, tenía que reconocer que jamás conoció a nadie con la paciencia para la bechamel y el resultado sublime de sus croquetas.

No fue precisamente esa historia la que me llevó ante una estantería de una librería madrileña, discreta y de exquisito gusto por los libros que no se fabrican en las oficinas de las grandes editoriales, lo que hizo detenerme en uno de portada durí­sima, como el autorretrato de un hombre que ha vivido intensamente y lo ha pasado mal, muy mal. El autor, Alexánder Chudakov, un ruso recién editado en castellano y del que no sólo no sabía nada (1938-2005), ni siquiera con la ayuda de Wikipedia, que apenas le dedica no más de tres líneas, y del que hay que buscar su trayectoria en otros sitio. En el año 2000 dejó a los lectores de un pasmo con El abuelo, premiada en Rusia y en Estados Unidos.

La ciudad que describe, apenas un puñado de casas en la época y mucha tierra por cultivar, es Chebachinsk, al norte de Kazajistán, lugar de destino de deste­rrados, deportados, gentes de gran valor intelectual. Van llegando de todo; matemáticos, físicos, ingenieros, obreros especializados…, esa capa de la sociedad rusa que se formó a comienzos del siglo XX y que ahora va a describir el abuelo con un sarcasmo y una desfachatez de quien está llegando al final de su vida y reúne a su familia, a trozos, conforme se van sumando.

Tiene 96 años y sabe que está en las últimas para ir engarzando historias que alcanzan el siglo, mientras el nieto Antón, futuro escritor e historiador, les va dando forma con un sentido del humor y una melancolía que deja al lector anonadado ante tanto talento y tanta cultura acumulada en un hombre de campo, que todos los veranos no deja de cavar y cavar, y recoger los animales y la siega. También de todas esas cosas que su abuelo ha hecho y ha sufrido bajo un régimen que se mueve entre la crueldad y la comicidad que demostraron los grandes escritores rusos. Alexánder Chudakov estaba considerado uno de los grandes estudiosos de la figura de Antón Chéjov, su maestro.


(Meseguer)

Esa ironía, sin malicia, que Antón el narrador dirige al gran poeta Pasternak y su versito, donde el hombre que había per­tenecido a esa clase culta, atenta y sensible, arrasada por la revolución, dice que “trabajando la tierra me quito la camisa”. A lo que apostilla Chudakov, “excavar la tierra es una ciencia y ninguno de los que conocemos esa ciencia nos quitamos la ­camisa”.

Es una tierra dura, donde a los campesinos se les exige la autosuficiencia. Alimentaria y de todo, que de no ser así les castigaría el hambre. Sobrevivir y hacerlo durante 96 años admite que en cierta ocasión, ya harto de contar y del mundo que está viviendo, de funcionarios soviéticos ignorantes, usurpadores del beneficio que generan los trabajadores, acierta a meterse en honduras de hombre que ha reflexionado y ha leído y le espeta a Antón, que estudia en Moscú, aunque nunca deje de venir a Chebachinsk:

“El arte –dice el viejo con desdén a la nueva generación que se irá muy pronto al carajo y no tendrán ni las miserias que consumen–, el arte: he leído a Chéjov, a Bunin, he oído cantar a Shaliapin. ¿Sois capaces de ofrecerme algo equivalente?”. Cómo afronta uno a un abuelo que lo ha vivido casi todo; la primera Gran Guerra, luego lo que los rusos llaman la Gran Guerra Patria, el estalinismo, la desestalinización. Esa diferencia de generaciones magníficamente descrita en el capítulo titulado “El naufragio del Titanic”.

Una novela grande, al estilo de los clásicos rusos, que deberían leer hoy día los lectores perezosos que alegan no tener tiempo pero que pasan cuatro horas, si no más, ante una caja idiota. La que inventaron para postrarles y limitarles a ser tan poca cosa como unos espectadores de fútbol o consumidores de programas humillantes.

Se nota en ocasiones una notable influencia de la literatura de Bulgákov, el de El maestro y Margarita –al parecer la esposa de Chudakov era una experta en la materia–. Una novela por tanto insólita para los tiempos que corren, que nos llegó en castellano hace unos meses y que me temo que habrá de pasar tiempo para que los mandarines la descubran. Aún recuerdo los esfuerzos de algunos con Vida y destino de Vassili Grossman. Hoy indiscutible, pero que pasó décadas en el desierto de la ignorancia.

Hay un capítulo, “Khazeka, el vidriero” creo que se titula, el 34, donde hay una historia sobre un vidriero y una gata que firmaría el mismo Gógol. Pero la vida es así y los abuelos que quedan, salvo excepciones, que supongo que las habrá, se convirtieron, o los transformaron, en guarderías para atender a sus nietos. Seres sin historia y cuyos explotadores familiares muestran muy pocas ganas de escuchar historia alguna, por humilde que sea. ¡Las historias quedan para la televisión! Y los libros antiguos, por más que este sea del año 2000, cuando empezó nuestro mi­serable y zafio siglo, nacido para la ex­plotación, la sumisión y el silencio, son ­demasiado largos, de esos que se destinan al verano, en la seguridad no explicitada de que jamás lo leeremos salvo cuando ­lleguemos a abuelos y quizá a algunos les quede cierta pasión por la lectura que se perdió, junto al honor, la urbanidad, y el respeto a los fracasados aunque sean nuestros abuelos.

Ser feliz imagino que siempre debió de ser difícil. Pero ser digno se ha convertido en un milagro. Cuando los abuelos hacían y contaban la historia, aún no sabíamos de Edgar Allan Poe.





https://www.rebelion.org/noticia.php?id=226908

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